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No deben existir reglas establecidas. Debemos evitar en pensar en la oración como una carrera, competencia o maratón. En realidad la calidad de nuestra oración es muchísimo más importante que la cantidad de palabras o cuan larga ésta sea.

El tiempo que gastamos en oración dependerá en una serie de factores tales como nuestra propia necesidad y urgencia, la prioridad que le demos entre las otras cosas que hacemos durante el día, la amplitud de nuestros intereses; y el nivel de nuestra madurez espiritual. Algunas veces el Espíritu de Dios nos conmueve para orar por largos períodos de tiempo. Otras veces la carga no parecerá tan grande.

El hecho es que el Señor, en ocasiones, pasó toda la noche en oración, a lo mejor debido a su conocimiento de los tremendos conflictos espirituales y la necesidad que había a su alrededor. De manera semejante, aquellos que tienen conocimiento de grandes conflictos y necesidades actuales, harían muy bien en pasar mucho tiempo en oración.

Debemos tener tiempos de oración regularmente durante el día, Salmos 55:17; Daniel 6:10, pero además deberíamos aprender a vivir en un ambiente de oración. Esto significa orando a Dios cada vez que se presenta la ocasión.

Nehemías es una ilustración clásica de esto. Antes de responder a la pregunta del rey, él envió una oración al Señor del cielo, Nehemías 2:4. Pablo pensó que debía orar «sin cesar,» 1 Tesalonicenses 5:17, Efesios 6:18, y las Escrituras dan testimonio del hecho de que él practicaba lo que predicaba, Romanos 1:9; Efesios 1:16; Colosenses 1:3,4,9; 1 Tesalonicenses 1:2-3; 2 Timoteo 1:3.
Si somos aquejados por la falta de sueño, podemos redimir el tiempo orando, Salmo 63:6.

¡Desperté repentinamente!
El reloj marcó las dos.
La casa está en silencio.
Mis pensamientos tienen la libertad
para divagar donde quieren. Conozco una cosa tranquila y
hermoso para hacer: Es la hora de orar.
R.W. Tobias

Cuando el general Stonewall Jackson estuvo enseñando en el Instituto Militar de Virginia, él dijo: «Tengo tan marcado el hábito para orar en mi mente, que jamás llevo un vaso de agua a mis labios sin pedirle a Dios su bendición; nunca sello una carta sin colocar una oración bajo el sello; nunca recojo una carta del correo sin levantar mis pensamientos hacia el cielo; nunca cambio mis clases en el salón de conferencias sin una petición por los cadetes que salen y por los que entran.»

Cuando encaramos un día común en cuanto a lo atareado, y en las carreras nos damos cuenta de que tenemos poco tiempo para orar, debemos recordar las palabras de Martín Lutero: «Me mantengo tan ocupado que no puedo seguir adelante sin siquiera pasar tres horas diarias en oración.»

La pregunta que debemos hacernos a nosotros mismos no es: «¿Puedo darme el lujo de gastar tiempo orando?» sino más bien: «¿Puedo darme el lujo de no orar?» El levantarnos lo suficientemente temprano, y así tener bastante tiempo para orar, deberíamos considerarlo un sacrificio aceptable a Dios.

Wiliam Mac Donald

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