Estas Leyendo: Home » Vida Cristiana » ¿Qué sucede cuando los cristianos oran?

La manera en que está presentada esta pregunta sugiere algún misterio, y el propósito de este artículo es dar una respuesta de carácter dramático. La pregunta en realidad está dirigida a una causa y a un efecto. Si yo oro, ¿qué es lo que espero? Es verdad que las Escrituras instan a orar según determinadas circunstancias.

Si alguien tiene falta de sabiduría, pídala a Dios; si alguien sufre, ore a Dios; y se está enfermo, llame a los ancianos para que oren por él. Pero también hay mandamiento de que oremos con fervor, con insistencia y fe. El himno “Oh, qué Amigo nos es Cristo” nos exhorta a que llevemos todo a Dios en oración.

Recuerdo de una historia que leí hace tiempo. Tres hombres se encontraban dialogando acerca de una gran tormenta ocurrida la noche anterior. Mientras platicaban, uno de ellos habló cerca de la oración que tuvo que hacer durante la tormenta. El siguiente dijo que también él había orado. Y como el otro no decía nada, le preguntaron: “¿Y tú orabas?” “Sí”, dijo el tercero. “Tuve que orar”, y agregó: “Sospecho que anoche el Señor escuchó un gran número de voces extrañas”. ¿Por qué tiene que ocurrir una gran tragedia o surgir una gran necesidad antes que Dios pueda escuchar nuestras voces?
Así que antes que podamos saber qué ocurre cuando los hombres oran primero tenemos que hacer que los hombres oren de por sí.

Las excusas para no orar son de todas clases. Justificamos el no orar con expresiones tales como: “Dios ya sabe las cosas que necesitamos, ¡para qué orar tanto!” Tales cosas dichas así muestran que no hay un entendimiento correcto de lo que la oración es, y es confundida con la confesión que alguien hace en el sofá del psicoanalista.

Es cierto que la oración es una ayuda para nosotros, pero no debe constituir sólo y una parte de una sesión de terapia. Antes que nada la oración es fundamentalmente un mandamiento. Cuando Jesucristo dio el mandato de orar, asumió que sus discípulos llevarían una vida de oración. El lector de la Biblia quedará impresionado con la cantidad de oraciones que se registran en ella, que van de unas pocas palabras hasta sesiones que duraban toda la noche, como fue en el caso de Cristo.

Podemos orar en toda ocasión. Siempre hay momentos, que aunque breves, se pueden aprovechar para hacer oraciones.

La oración no es una fórmula, un ritual o un ejercicio. La presencia de muchas oraciones significa que la oración es flexible, útil, adaptable. Cuando nos limitamos a una forma solamente, echamos a perder nuestra vida de oración. Alguien dijo que el niño que crece no oyendo nunca una oración excepto cuando se da gracias por la comida, llegará a creer en un Dios, no del corazón sino del estómago. Hemos escuchado, y nos hemos beneficiado de oraciones de alabanzas, de peticiones, de intercesión y de agradecimiento.
Tomando en cuenta nuestras costumbres actuales, echemos un vistazo a nuestras oraciones de intercesión.

Hay unos cuyos grandes ministerios consisten en hacer poderosas y constantes oraciones por otros. No hacen nada más grande que orar en favor de otros. Cuando Pablo solicitó que oraran por él (Ef. 6.18,19), no estaba pidiendo una leve o esporádica participación en lo que era su ministerio.

Quiero recordarles de los únicos dos casos de oraciones intercesoras que se encuentran en el Nuevo Testamento. El primero es identificado en Lucas 22.31, 32. Tomando en cuenta la conducta voluble de Pedro, lo que había ocurrido y lo que estaba por ocurrir, la oración intercesora del Señor parecía ser muy adecuada: “Yo he rogado por ti”. He tratado de imaginarme cómo se sentiría Pedro ante esa declaración del Señor. ¿Cómo se sentiría usted si alguien le dijera algo semejante? ¿No sería como confirmar su debilidad y por lo tanto generar frustración en usted? O, por otro lado, ¿le causaría regocijo el saber que hay alguien que se preocupa por usted?

Mi abuela quiso hablar conmigo una noche, cuando se aproximaba el fin de sus días. Mientras platicábamos acerca de su fe y su amor, ella me dijo: “No pasa ninguna noche sin que yo no mencione por nombre en oración a cada uno de mis trece nietos”. Pensé entonces, como lo hago ahora, en lo maravilloso que es que el nombre de uno sea levantado y llevado ante el Padre por una mujer tan santa como lo era ella.

Si usted fuera Pedro, ¿cómo se hubiera sentido? Observe que Jesús oró con espera de algo. El no dijo: “si en caso te vuelves”, sino “y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Lucas 22.32). Y considerando quién emitió tal petición, podemos referirnos a lo que se dijo en Santiago 5.16, “La oración eficaz del justo puede mucho”.
Alguien podría descartar este ejemplo, porque después de todo era la oración de Jesús, el mismo Hijo de Dios. Por supuesto, sus oraciones obtendrían plenos resultados. Pues bien, entonces miremos a otro ejemplo, como en Colosenses 4.12, 13. ¡Este Epafras debe haber sido un gran hombre de oración! Nada se dice extraordinario de él, excepto sus oraciones. Pablo lo reconoció sin reservas: “Es uno de vosotros”. Tenemos que entender que otros como nosotros encuentran fortaleza y poder en la oración.

Cuando Santiago habla de la efectividad de las oraciones de Elías, primero dice que “Elías era un hombre como nosotros” (Santiago 5.17 NVI). Epafras sobresalía porque oraba constantemente (“siempre”), fervorosamente (“encarecidamente”), personalmente (“por vosotros”), con definición (“para que estéis firmes, perfectos y completos en todo lo que Dios quiere”). Cuando usted ore de esta manera, indudablemente habrá resultados.

Pero en cuanto a la pregunta: ¿Qué ocurre cuando los hombres oran? Aun faltan respuestas. En seguida vamos a ver unos resultados posibles de nuestras oraciones:

1. Mi corazón cambia. Jesús enseño algo que parece ser muy difícil de hacer: “Orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5.44). ¿Por qué es que el Señor me pide hacer algo tan difícil? Es porque él sabía cuánto puede cambiarse por el efecto de una oración. No puedo odiar a las personas por las cuales oro.

Mi corazón tiene que ser diferente. Pedro dijo a Simón: “Ruega a Dios, si quizás te sea perdonado el pensamiento de tu corazón” (Hechos 8.22). Este punto de vista podría parecer una motivación de carácter egoísta, sin embargo la oración es lo menos egoísta que hay. El cambio que surge por medio de la oración comienza conmigo mismo.

2.    Otros cambian. Esa es la razón por la cual Cristo oró por Pedro. El sabía que el apóstol que había de predicar el primer sermón evangélico necesitaba un nuevo espíritu, un corazón renovado, una nueva perspectiva. El Simón Pedro que vemos en los Hechos y las epístolas es completamente diferente del hombre que impulsivamente quería caminar sobre las aguas, que tomó una espada para cortar la oreja de un sirviente, quien abiertamente anunció su absoluta lealtad a Jesús, pero luego le negó tres veces consecutivas.
Pedro necesitaba las oraciones de Jesús. Hay personas que cambian como resultado de la oración.

Me parece que fue William Barclay quien presentó la posibilidad de que la iglesia deba la conversión de Pablo a la oración de Esteban. Nosotros insistimos en orar por otros porque queremos que Dios ayude a otros. Esta es la razón por la cual Job oraba por sus hijos y Abraham oró por Lot. La oración por otros se convierte en una expresión de amor y consideración por las necesidades ajenas.

3.    Las condiciones cambian. Sé de personas que creen que el mundo sigue un curso inalterable, y que nadie lo puede cambiar. Sin embargo los cristianos no piensan así. Si creyéramos en esa forma de predestinación, entonces no necesitaríamos de la oración. El rey Ezequías oró por su salud y las condiciones cambiaron.

Su vida fue prolongada quince años. De igual manera que nuestras vidas, las condiciones deben ir de acuerdo a “no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22.42). Jesús enseñó a sus discípulos a orar que la voluntad de Dios se hiciera en la tierra. Pablo oró tres veces que le fuera quitado el aguijón de la carne, pero la voluntad de Dios prevaleció. Dios dijo: “Bástate mi gracia” (2 Cor. 12.9). No todas las condiciones cambian. La copa no pasó de Jesús. Tuvo que bebería.

4. Dios puede cambiar. Si yo no creyera en lo que oro, entonces no tendría caso pedir y rogar a Dios. En más de una ocasión Dios cambió de parecer cuando pensaba destruir a los israelitas. Cambió de parecer en cuanto a la muerte de Ezequías. La oración no es una información proporcionada a Dios. La oración es rogativa e insistencia. Cuando oremos, debemos recordar a gente como Ana que persistió en su súplica, o la viuda de la parábola de Jesús: “Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre.

Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario. Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia” (Lucas 18.1-5).

La oración es el recurso inagotable del universo. En la literatura inglesa clásica, el rey Arturo suplica: “Orad por mi alma. Más cosas han surgido por la oración que lo que el mundo imagina”.
¿Qué ocurre cuando usted ora? Sólo Dios lo sabe, pero nosotros no debemos dudar de lo que él hace. Debemos dejar que él haga su voluntad. Y su voluntad será siempre lo mejor.

—Dennis Loyd




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