11 de Septiembre

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11 septiembreEl 11 de septiembre, 2001, jamás será olvidada en los Estados Unidos. El mundo entero está consciente del terrorismo sin precedente que llegó a territorio norteamericano en esa fecha.

Por todas partes se comenta si el incidente fue un juicio de Dios, o un aviso previo a un juicio más severo por caer. Los Estados Unidos ha gozado de más de dos siglos del favor y la paciencia de Dios, tal vez por haber apoyado, en sus primeros años, principios de moral y decencia y del temor a Dios; tal vez también por haberse aliado con el pueblo especial de Dios, los descendientes de su gran amigo Abraham: Israel.

Y ahora, ¿será posible que el Todopoderoso haya retirado su protección de la que en un tiempo se tenía por «nación cristiana»? Pues, se ha extraviado mucho. En los últimos 40 años ha ido prohibiendo a Dios en la vida pública y las oficinas gubernamentales. Oficialmente, Dios es «inconstitucional», proscrito en los Estados Unidos.

¿Qué han hecho con Dios?

Espanta pensar en lo que esto pudiera significar. El apóstol Pablo describió el deterioro espiritual y moral en una sociedad que repudia a Dios, y las alarmantes consecuencias:

«A pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se extraviaron en sus inútiles razonamientos, y se les oscureció su insensato corazón…Por eso Dios los entregó a los malos deseos de sus corazones, que conducen a la impureza sexual… Cambiaron la verdad de Dios por la mentira…Por tanto. Dios los entregó a pasiones vergonzosas…

»Además, como estimaron que no valía la pena tomar en cuanta el conocimiento de Dios, él a su vez los entregó a la depravación mental, para que hicieran lo que no debían hacer. Se han llenado de toda clase de maldad, perversidad, avaricia y depravación. Están repletos de envidia, homicidios, disensiones, engaño y malicia. Son chismosos, calumniadores, enemigos de Dios, insolentes, soberbios y arrogantes; se ingenian maldades; se rebelan contra sus padres; son insensatos, desleales, insensibles, despiadados. Saben bien que, según el justo decreto de Dios, quienes practican tales cosas merecen la muerte; sin embargo, no sólo siguen practicándolas sino que incluso aprueban a quienes las practican» (Romanos 1:21-32).

¿Cómo es posible que un pueblo que «había conocido a Dios» llegara a las condiciones descritas? Pues, la clave está en tres escalones descendientes por las cuales se bajó por elección propia y voluntaria: (1) «no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias… (2) cambiaron la verdad de Dios por la mentira… (3) estimaron que no valía la pena tomar en cuenta el conocimiento de Dios.» Cuando un pueblo elige tal camino —como dice el pasaje también tres veces— Dios «los entrega» a sus propios deseos y las consecuencias de los mismos.

Cuando Dios no es bienvenido entre un pueblo, ¿nos sorprende si él le retira su bendición y protección? Hay quién pregunta asombrado, «¿Dónde estuvo Dios cuando cayó tal tragedia?» Bueno, ¿no estuvo precisamente donde lo echamos? —fuera? Si le excluimos de la vida diaria, ¿no renunciamos también a su favor y protección?

Un aviso de Dios en el Antiguo Testamento presenta nuestra situación en palabras claras y directas: «Yo, el SEÑOR… honro a los que me honran, y humillo a los que me desprecian» (1 Samuel 2:30). El aviso no fue dado a una nación pagana ni a un pueblo terrorista, sino a un sacerdote israelita que se había descuidado a sí mismo y a los intereses de Dios que eran su deber como líder espiritual del pueblo especial. ¡Con cuánto mayor razón nosotros merecemos ser humillados!

¿Qué hará Dios con nosotros?

Pero el Dios que es amor persiste en su actitud de reconciliación; advierte a todas las naciones para que se vuelvan a él, como el apóstol Pablo lo predicó en Atenas en el primer siglo: «Dios…manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan» (Hechos 17:30). Nótese que dice todos los hombres, pues la salvación —tanto como el juicio— es para las personas, para cada individuo.

Cuando la gente le comentó acerca de una tragedia que ocurrió la reacción de Jesús repite el mismo mensaje y hace sonar el mismo aviso clave:

«De la misma manera —dijo—, todos ustedes perecerán, a menos que se arrepientan (Lucas 13:1-5)». Lo repitió una segunda vez por su urgencia.

Sea violenta o pacífica la muerte que le toca a cada uno, lo cierto para todos es que sí morirá, y nadie sabe cuándo. Que no nos sorprenda mal preparados, pues. Que cada cual se aproveche de la misericordia de Dios mientras haya tiempo.

Otro profeta de antigüedad, Isaías, cuyo mensaje continuamente insiste en la necesidad del arrepentimiento y la reconciliación con Dios, pronuncia un aviso que es muy apto aún para los pueblos de nuestro mundo en este siglo 21:

«Busquen al Señor mientras se deje encontrar, llámenlo mientras esté cercano. Que abandone el malvado su camino, y el perverso sus pensamientos. Que se vuelva al Señor, a nuestro Dios, que es generoso para perdonar, y de él recibirá misericordia» (Isaías 55:6-7).

Aún hay tiempo, pero ¿hasta cuándo?

Aún no es tarde para que los norteamericanos —y los demás pueblos del mundo— se arrepientan y con corazón sincero busquen al Dios misericordioso y perdonador que sacrificó a su Hijo por reconciliarnos con él. Pero sí es urgente que nos arrepintamos ahora, pues el juicio de Dios pende sobre este mundo corrupto e incrédulo. No sabemos cuándo caerá, pero no tardará mucho más. Apremia que te prepares, amigo lector. Jesús te invita:

«Ciertamente les aseguro que el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no será juzgado, sino que ha pasado de la muerte a la vida.» (Juan 5:24)

«Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios le levantó de entre los muertos, serás salvo.» (Romanos 10:9)

 

Decisión de recibir a Jesucristo en como mi salvador…

Reconozco que he pecado y que merezco solamente el castigo de Dios. Pero, acepto lo que dice la Biblia, que Dios me amó y envió a Su Hijo, Jesucristo, para que muriera por mí y para rescatarme del castigo eterno. Por lo tanto, me arrepiento delante de Dios de todos mis pecados, y por fe, acepto a Jesucristo como mi único Salvador.