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La Palabra marca una diferencia entre la ira según Dios y “la ira del hombre (que) no obra la justicia de Dios”. La ira según Dios es la indignación que siente la naturaleza divina en presencia del pecado. La ira del hombre es también la indignación que provoca en él una falta cometida, pero sobre todo, cuando, en el grado que sea, se siente dañado por ella. El hecho de ver sólo el pecado está lejos de indignarlo siempre.

Un diccionario define así la palabra ira: «Pasión del alma, que mueve a indignación y enojo contra lo que le desagrada.» Sabemos que nada nos desagrada tanto como el hecho de ser tocados en nuestro amor propio. Por eso no podríamos tomar nuestra indignación contra el mal del que somos testigos como la medida justa de lo que debe ser la ira, porque lo que constituye la gravedad del pecado es lo que tiene relación con Dios y no con nosotros mismos. Si no estamos en comunión con Dios, nos exponemos a juzgar mal, según nuestra pobre medida, indignándonos excesivamente o, al contrario, siendo desmedidamente tolerantes.

La naturaleza absolutamente santa de Dios no soporta ver el pecado. Contrariamente a lo que siente el hombre, todo pecado provoca Su ira, pues todo pecado es cometido contra Él y echa una afrenta a su dignidad, a la majestad de su Ser. José le dijo a la mujer de Potifar: “¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios? (Génesis 39:9). La medida de la ira de Dios fue manifestada en la cruz, cuando el amado Hijo del Dios a quien habíamos ofendido cargó sobre sí todos nuestros pecados para sufrir el castigo de ellos. Fue entonces cuando la “ira de Dios”, en supremo grado, se reveló desde el cielo contra toda impiedad e injusticia (Romanos 1:18).

El creyente, mediante la fe por la cual participa de la naturaleza divina y que es “creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Efesios 4:24), siente, en la medida en que está en comunión con Dios, un santo horror por el pecado; siente lo que el pecado es en sí mismo para Dios y, en consecuencia, para la nueva naturaleza. No necesita ser alcanzado personalmente por el pecado para indignarse por ello.

Pero, por otra parte, puede suceder que llegue a familiarizarse con el mal; por eso necesita la exhortación que se encuentra en los versículos que encabezan estas líneas: “Airaos, pero no pequéis.” El creyente que no monta en ira frente al pecado da pruebas de su indiferencia respecto al bien y al mal; impasible en presencia del pecado, está expuesto a ser indulgente consigo mismo y a no indignarse a causa del mal cuando es alcanzado por éste personalmente.

En este caso se mostrará muy susceptible, se levantará con mucha fuerza contra aquellos que pueden haberle hecho daño, aun cuando se muestre indiferente respecto a los derechos de Dios. Así, su ira no será más según Dios, sino que será “la ira del hombre (que) no obra la justicia de Dios” o, en otros términos, no obra lo que es justo según Dios. Tal ira es pecado; es preciso evitarlo a todo costo.

Después de haber dicho que Dios “nos hizo nacer por la palabra de verdad”, Santiago exhorta a todo hombre a ser “pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.” Pronto para oír, a fin de que sus pensamientos y sus actos sean formados por la Palabra de Dios. Tardo para hablar, a fin de que su lengua sirva solamente para expresar lo que proviene de la nueva naturaleza enseñada por Dios, a fin de que, vigilando su boca, no haga salir de ella lo “dulce” y lo “amargo” a la vez ( 3:11). Tardo para airarse, a fin de que tenga tiempo de juzgar si esa ira es según Dios o según el hombre.

A causa de que la carne está aún en nosotros, y siempre lista para mezclarse con lo que proviene de la nueva naturaleza, el Espíritu de Dios, mediante el apóstol Pablo, une a la exhortación de airarse otra que nos advierte que no pequemos, la cual es un correctivo necesario que nos hace evitar dicha mezcla: “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo.” Es necesario, pues, que el enojo respecto al pecado provenga solamente del hecho de que Dios ha sido ofendido, que ha sido deshonrado por un acto contrario a Su naturaleza. Si se mezclan otros motivos todo queda desvirtuado.

Sucede lo mismo con la santidad, que es la separación del mal para Dios y de la cual sólo Dios es la medida. Si rebajamos esa medida a nuestro nivel, tomándonos a nosotros mismos o a otros como medida, habremos perdido la verdadera medida de la santidad.

Una verdadera indignación contra el mal tiene, pues, como causa y como medida a Dios, su gloria y sus intereses; por lo tanto no debe entrometerse en ello, de ninguna manera, nada de lo nuestro ni nosotros mismos. Pero, como nosotros introducimos con tanta facilidad nuestros sentimientos en lo tocante a la gloria de Dios, es necesario que esta ira santa, en su integridad, no se prolongue más allá de una medida justa. Para no superarla, es preciso que nos juzguemos a nosotros mismos; si no, al dejarle el campo libre a la carne, daremos ocasión al diablo. Si, por un lado, para el nuevo hombre la carne es un enemigo vencido, por otro, le ofrecemos una presa fácil cuando nos ubicamos en su terreno.

El hecho de confundir la ira del hombre con la ira según Dios produjo funestos efectos entre los santos. Y con respecto a la disciplina en las asambleas ¡cuántas dificultades y disensiones han sido provocadas por tal infiltración de la carne! Si surge un mal, el primer movimiento del alma será una indignación según Dios, producida por la nueva naturaleza. Pero la carne estará allí al acecho, buscando siempre la ocasión de manifestarse; de modo que no debemos prolongar la indignación ni permitir que salga de los límites en los cuales ella debe producirse; de otro modo podríamos falsear el juicio que debemos ejercer sobre el mal, permitiendo que en tal juicio se introduzcan motivos que no son de Dios.

Hay casos en que aquel que comete una falta no ha ofendido a nadie individualmente; pero uno u otro de los hermanos puede haber tenido alguna dificultad con el tal y haber guardado algún resentimiento o aun ser influenciado por una antipatía natural. En el momento en que se presenta un mal, esos recuerdos se despiertan, la indignación rebasa la medida de los sentimientos del nuevo hombre, se permite que el sol se ponga sobre su enojo, se sobrepasa la medida divina; la carne obra bajo el pretexto de mantener los intereses del Señor y, como lo hemos dicho, Satanás encuentra allí una ocasión favorable para llevar a cabo su obra falseando el ejercicio de la disciplina o complicándola y ocasionando una disensión entre hermanos y en la asamblea.

Es de vital importancia no guardar resentimientos hacia aquellos con los que se puede haber tenido dificultades; estas cosas, así como las antipatías naturales deben ser juzgadas. De otro modo, esa levadura producirá sus efectos tarde o temprano; la raíz de amargura brotará y por ella muchos serán contaminados.

Si cuando surge un mal algunos hermanos se ven personalmente involucrados, ellos deben ser particularmente reservados en su juicio, a fin de no añadir la ira del hombre a la que es según Dios. Ellos más bien deberían dejar obrar a aquellos cuyos intereses personales no están en juego, y estos últimos tendrán que estar exentos de un espíritu partidista, a fin de aportar un juicio sano, impregnado del verdadero carácter divino.

En resumen, seremos guardados en el pensamiento de Dios si en toda cuestión dejamos que intervenga solamente su gloria, si pensamos en lo que es el pecado frente a su santa naturaleza, y si tenemos en cuenta que la santidad de Dios nos ha sido conferida también a nosotros y a la Iglesia. De esta manera, evitaremos introducir la carne, con sus motivos personales, su espíritu partidista o familiar, sus simpatías o sus antipatías naturales. Estas últimas nos llevan a sobrepasar en severidad la medida divina, o bien a tolerar el mal, olvidando que Dios no hace acepción de personas.

En nuestra debilidad e imperfección, nos llega a suceder que el sol se pone sobre nuestro enojo o, al contrario, que no nos airamos. Para evitar estas cosas necesitamos cultivar la comunión con Dios, vivir en la atmósfera de su presencia, practicar el juicio de nosotros mismos y, finalmente, pesar todas las cosas en la balanza del santuario. Así evitaremos la injerencia de la carne en el dominio de las cosas santas.

Prod’hom S. – (Messager Évangélique, 1925)


















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