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Jesús amó a los hombres. Nadie jamás amó como Cristo, con toda entrega y ternura. Jamás ser humano alguno sobre la tierra ha manifestado un amor total como él. Esto no sólo se demostró por su muerte de redención para dar vida a sus seguidores, sino también por su profunda preocupación por el bienestar físico, material y sobre todo, espiritual de los suyos. Jesús hizo el bien aun a los ingratos y a aquellos que solamente buscaban satisfacer su deseo de intereses personales.

Sin embargo, no debemos imaginarnos un Cristo que siempre acepta cualquier conducta humana, siempre dispuesto a disimular los errores de los hombres. De ninguna manera. Jesús también aplicaba corrección y disciplina a sus seguidores. En realidad, el amor verdadero hacia nuestro prójimo, requiere disciplina. Sabiendo que nuestro hermano, por su pecado, va por mal camino y quizás termina en un lugar eterno de tormentos, ¿cómo podríamos quedarnos quietos sin advertirle, sin siquiera mostrarle el riesgo que corre con su mal proceder? No, el amor verdadero, amor cristiano, también incluye corrección y disciplina.

Dejemos que la Biblia nos hable: “Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día. Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: “Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca. Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres “ (Mateo 16.21 -23).

A simple vista parece que Jesús estaba actuando injustamente con su discípulo Pedro. Pedro se preocupó por su Maestro, por todo lo que él le había dicho, y que sería necesario dar su vida. Evidentemente, Pedro no comprendió. Juzgó a lo humano, porque tenía la mira aquí en las cosas de la tierra. No se daba cuenta de que era necesario que el Mesías muriese por todos los hombres, cumpliendo así su obra de redención. De allí la reprensión de Jesús.

Pedro realmente se había constituido en tropiezo para Jesús, sin saberlo, colaborando con los intereses que no eran del Padre ni tampoco de Jesús. Una fuerte reprensión era necesaria. No por ello se hicieron enemigos. Al contrario, por la corrección recibida, Pedro había crecido. Ahora entendía más el porqué de la muerte de su Señor. Todo tenía más sentido. Si el Señor no lo hubiera corregido, Pedro hubiera seguido por muy mal camino, en el cual su alma peligraría.

He aquí otro ejemplo: “Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar. Pues antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión. Y en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos “ (Gálatas 2.11-13).

Dice el apóstol Pablo que “le resistí cara a cara”. ¿Por qué? Porque Pedro era de “condenar”. Actuaba con hipocresía y en su simulación hizo que también otros participaran. Su pecado era doble. No sólo él se hizo culpable por su mala conducta, sino que también infectó a los demás para que obrasen con injusticia.

Dios ama la sinceridad, la honestidad y la rectitud. ¿Es gran cosa entender que era necesario aplicar una dura corrección a Pedro? Si Pablo no habría amado a su colaborador en el Señor, a Pedro, posiblemente hubiera participado en aquella abominable simulación. Pero el apóstol amaba a Pedro como también amaba a Cristo y su ley. Era preciso mostrarle a Pedro el peligro que corría y el mal que hacía, haciendo pecar también a otros.

“Vinieron, pues, a Jerusalén; y entrando Jesús en el templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban en el templo; y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas; y no consentía que nadie atravesase el templo llevando utensilio alguno. Y les enseñaba, diciendo: ¿No está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? Más vosotros la habéis hecho cueva de ladrones “
(Marcos 11.15-17).

Juan nos dice en su Evangelio (2.13-15) que Jesús se hizo un azote de cuerdas, y echó fuera del templo a todos, con las ovejas y bueyes y todos los objetos de los mercaderes. Bien podemos imaginarnos al Señor Jesús, encendido en santa ira, por lo que los hombres incrédulos y materialistas habían hecho de la casa de su Padre. Es una cosa muy seria, una acusación de tremenda trascendencia, cuando el ser humano rebaja las cosas espirituales a meros intereses materiales de mercado y comercio.

Miremos a nuestro derredor. ¿Acaso no han hecho los hombres de nuestros días otro mercado “de la casa de mi padre”? ¿Acaso no piensan muchos que la religión es simplemente un negocio para los vivos, y una acusación de ignorancia para los que profesan tal escuela de pensamiento? Quizás sea así. Pero no hagamos de la Iglesia de Cristo una cueva de ladrones.

No permitamos que hombres impíos reduzcan el templo espiritual de nuestro Señor a una edificación de vulgares intereses personales de hombres corruptos de entendimiento, vacíos de la verdad de Dios. También nuestra alma debe inflamarse de santa y justa ira para limpiar la iglesia de nuestro Dios de aquellas cosas que la pintan ante el mundo como algo impuro. El castigo sí es necesario, sobre todo para aquellos que se hacen culpables. La iglesia de Dios no es una casa de mercado, ni una oficina de cambistas, ni tampoco una institución edificada para la vanidad del hombre.

Hagámonos también un azote y echemos fuera del templo de Dios a todos aquellos que no aman la verdad sino que se recrean en falsa doctrina y prácticas ajenas a la verdad divina. Usemos abundantemente los azotes de cuerdas espirituales, resistiendo toda falsa doctrina con la verdad del Evangelio puro del Hijo de Dios, la espada del Espíritu.

En verdad, amor verdadero, amor profundo hacia Dios, hacia Cristo, y hacia nuestro semejante, todo ello nos invita a no hacernos jamás cómplices silenciosos de los que hacen negocio con la religión que trae vida eterna. Nada más nos interesa, y nada menos.

Tengamos paciencia y leamos nuestro cuarto y nuestro último ejemplo: “… Este, llamando a Bernabé y a Saulo, deseaba oír la palabra de Dios. Pero les resistía Elimas, el mago (pues así se traduce su nombre), procurando apartar de la fe al procónsul. Entonces Saulo, que también es Pablo, lleno del Espíritu Santo, fijando en él los ojos, dijo: ¡Oh, lleno de todo engaño y de toda maldad, hijo del diablo, enemigo de toda justicia! ¿No cesarás de trastornar los caminos rectos del Señor? Ahora, pues, he aquí la mano del Señor está contra ti, y serás ciego, y no verás el sol por algún tiempo. E inmediatamente cayeron sobre él oscuridad y tinieblas; y andando alrededor, buscaba quien le condujese de la mano. Entonces el procónsul, viendo lo que había sucedido, creyó, maravillado de la doctrina del Señor” (Hechos 13.7-12).

Nuevamente tenemos un lenguaje duro que a primera vista nos podría chocar. Elimas, el mago, se interpuso en el camino de la evangelización de Pablo. Viendo que el procónsul estaba a punto de creer en Cristo, Elimas procuraba apartar de la fe a aquel hombre. Elimas, entonces, cometió un grave error en agravio de los intereses del Señor. ¿Comprendemos que la intervención enérgica del apóstol era necesaria? Además, la ceguera era solamente por “algún tiempo”, de modo que Elimas aun tuvo la oportunidad no sólo de recobrar la vista, sino, y esto es muchísimo más importante, arrepentirse de sus pecados y salvar su alma.

Me temo que muchos padres y madres cometen el mismo error de Elimas al ser tropiezo de sus propios hijos, cuando éstos quieren creer en el Señor, y servirle. Elimas pecó muy seriamente. Jesús antes ya había enseñado claramente que “todos los pecados serían perdonados a los hombres, menos la blasfemia contra el Espíritu”.

Puesto que todos los pecados pueden ser perdonados a los hombres, sólo queda pensar que el único pecado no perdonable es “resistir al Espíritu Santo”, en el sentido de rechazar su mensaje de salvación. Pues, el que tal cosa hace no tendrá jamás la oportunidad de salvarse y, en consecuencia, nunca serán borradas sus culpas.

Esto es lo que Elimas intentó hacer con el procónsul. Este hombre, con sus artes de magia, se había sometido, quizás sin saberlo, como tantos en el mundo, al dominio del príncipe de las tinieblas, Satanás. De ahí que Pablo le llamara “hijo del diablo”.

Si realmente amaramos las cosas de Dios, si verdaderamente amaramos a Dios y a Cristo con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, alma y ser, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, jamás procuraríamos apartar a otros del camino de Dios. Más aun, nosotros mismos seríamos los primeros en mostrar a Dios fidelidad, fe y amor. Dice la Escritura: “¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!” (Hebreos 10.31).

Si amamos de verdad, debemos aplicar disciplina y corrección en nuestro hogar, en la congregación, en las escuelas, entre nuestras amistades, en fin, en todo lugar donde haya seres humanos y sean dignos de corrección. El que ama, también corrige y jamás se hace cómplice de la maldad por su silencio comprometedor. No sin razón dice la Biblia que “un pueblo (nación) sin corrección (disciplina) anda en tinieblas”, y también dice la Escritura que el que anda en tinieblas no sabe a dónde va.

“Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado; y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo:
Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos?”
(Hebreos 12.4-9).

Ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza, pero después da fruto de justicia (Hebreos 12.11). Dará buen resultado. El que sabe corregir para edificar al ser humano tendrá buenos resultados, pues nunca nuestra disciplina debe ser para humillar, aplastar o destruir.

Leamos nuevamente los cuatro ejemplos de la Biblia y nos daremos cuenta que en cada uno de aquellos casos, los hombres tuvieron la oportunidad de cambiar su mentalidad (arrepentimiento), y volver al camino de la justicia, es decir, retornar al camino de Dios.

Verdaderamente, el que ama también aplicará la disciplina. El que ama la justicia de Dios, llevará a cabo la buena batalla. A veces, tendremos que ser duros y herir, pero hagamos todo para salvar, edificar, y nunca para deshacer.

—Hans J. Dederscheck
















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