Estas Leyendo: Home » Vida Cristiana » Aprende a controlar tu ira

Contradiciendo lo que muchos creen, la ira no es sinónimo de pecado. El perfecto Hijo de Dios, “el cual no hizo pecado” (1 Pedro 2.22), experimentó la emoción de la ira. Cuando ciertos judíos estaban buscando impedirle el derecho de sanar en el día sábado, Jesús, “mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende tu mano” (Marcos 3.5).

Pablo escribió, “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo…” (Efesios 4.26). La ira es una emoción intensa, que ni es mala ni es buena en su estado primordial, no obstante ¡es una fuerza que debe ser controlada!

En el Antiguo Testamento hay una vivida narración que ilustra la ira que está fuera de control. Es la historia del gran guerrero Saúl, rey de Israel. Cuando el joven pastor de ovejas, David, derrotó al paladín filisteo, el gigante Goliat, Saúl quedo prendado de su carácter magnético y lo llevó a su palacio. Pero no pasó mucho tiempo sin que el poderoso rey fuera consumido por una amarga envidia.

Los triunfos de David fueron aclamados y las pasadas hazañas de Saúl fueron consideradas inferiores. Hasta podemos imaginar que la sangre hervía cuando Saúl oía los cantos, como dice la Escritura, “Y cantaban las mujeres que danzaban, y decían: Saúl hirió a sus miles y David a sus diez miles. Y se enojó Saúl en gran manera, y le desagradó este dicho… Y desde aquel día, Saúl no miró con buenos ojos a David” (1 Samuel 18.7-9).

La frase “desde aquel día” es tan descriptiva que no necesita explicación. Por años, Saúl persiguió a David de día y de noche. Dos veces Saúl trató de matar con su propia mano a David. Hasta ofreció a su propia hija al que pudiera tenderle un lazo a David.

En su ira, Saúl mató al sacerdote de Nob —a las mujeres y niños —simplemente porque ellos habían ayudado a que David escapara. Nunca ha habido un cuadro más dramático de la furia fuera de control, que en la vida del rey Saúl.

Sin embargo, David, en marcado contraste, ilustre la correcta ventilación a la ira. Cuando el joven tuvo la perfecta oportunidad para matar a Saúl y deshacerse de su adversario para siempre, rechazó la idea.

Y desde esa cueva de Engedi, David gemía: “Jehová me guarde de hacer tal cosa contra mi señor, el ungido de Jehová… Así reprimió David a sus hombres con palabras, y no les permitió que se levantasen contra Saúl” (1 Samuel 24.6,7).

El joven mancebo, sabio más allá de sus años, dedujo esta penetrante conclusión, “Juzgue Jehová entre tú y yo, y vengúeme de ti Jehová; pero mi mano no será contra ti” (1 Samuel 24.12). Pablo, en uno de los más oportunos y prácticos capítulos, escribió:

“Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia” (Efesios 4.31).

En lugar de la vieja naturaleza entonces, deberá haber bondad, compasión y perdón. Entonces y solamente entonces, la ira será canalizada propiamente.

No podemos nunca, en verdad, perder nuestra paciencia —siempre deberá estar allí. Además, podemos y debemos aprender a controlar la ira. La Biblia, por precepto y ejemplo, nos da la fórmula necesaria.

—Kerry Knight La Voz Eterna


















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