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“Bienaventurado el varón que no anduvo en consejos de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. “ (Salmo 1:1-2)

Mi tema hoy, amigos, es “Cómo leer la Biblia”. Lo que tengo en mente no es la técnica de leerla, ni tratar de fonética, reconocimiento de palabras o gramática, ya que usted posiblemente tiene la habilidad básica que necesita para ello. Esto es algo diferente y aunque usted no pudiera leer, es un mensaje que puede oír. Justamente la semana pasada hice un viaje en automóvil. Durante el tiempo que estuve manejando obviamente no pude leer nada; pero yo sintonicé una emisora radial cristiana y pude oírla durante buena parte de mi viaje; así es que, pude escuchar la Palabra, pensar en ella y meditar sobre ella, aún cuando no pude leerla. En lo que yo estoy realmente interesado es en que usted reciba la Palabra para que ella enriquezca su vida y le haga mucho bien.

En el primer Salmo de la Biblia, nosotros leemos acerca de un hombre a quien Dios llama “Bienaventurado”, que quiere decir afortunado, y en ella podemos observar que debemos leer la Biblia con reverencia, reflexión y regularidad.

Primero, es básico antes que cualquier otra cosa, que leamos la Biblia con reverencia. Para los lectores llamados “bienaventurados”, ella es “la ley del Señor”, Su propia revelación, Su voluntad manifestada. En las Sagradas Escrituras Dios mismo nos habla, aunque no todos los que leen o escuchan la Biblia están conscientes de ello. Algunos opinan que las Sagradas Escrituras son simplemente documentos humanos, otros seleccionan y escogen solamente lo que van a evaluar y creer de la Biblia y algunos otros rechazan el mensaje abiertamente. En los días del profeta Jeremías hubo un rey arrogante que tenía sirvientes para que le leyeran la Palabra del Señor que estaba escrita en pergaminos y después que la leían, ordenaba quemarlos. Es posible entonces leer las Escrituras con indiferencia y aún sin respeto.

Los lectores bienaventurados reconocen la autoridad de Dios y su derecho de mandar. “Bienaventurado el varón que no camina en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado”. Esto quiere decir que ellos no se dejan guiar por los malvados, no adoptan sus ejemplos, ni se burlan de lo que es sagrado; sino que escuchan a Dios y obedecen Su Palabra.

Por lo tanto, escuchar reverentemente es escuchar con oración. Si nosotros queremos recibir la Palabra correctamente necesitamos que Dios nos ilumine y que su Espíritu nos ayude. Los pensamientos de Dios son más profundos que nuestros pensamientos y sus caminos más que nuestros caminos. Para ser un lector reverente es necesario orar: “Señor, abre mis ojos para que vea las maravillas de tu ley”: “enséñame tu camino, ¡oh Señor!, para que pueda caminar en tu verdad” o “habla, Señor, que tu siervo escucha”.

¿Recuerdan cómo el Cristo Resucitado abrió las mentes de sus discípulos para que ellos pudieran entender cómo el Antiguo Testamento lo señalaba a El como el Mesías?. Hoy necesitamos que El también lo haga con nosotros, porque la meta de nuestras lecturas debe de proyectarse hacia el conocimiento del Dios Viviente, para que podamos aprender a interpretar lo que el Antiguo Testamento dice. Si usted desea leer la Palabra para su beneficio, léala con reverencia, reconociendo la autoridad de Dios, atento para entregarse a su voluntad, renunciando a todo lo que no le agrade a El y pidiendo en oración la gracia de su Espíritu.

Segundo, leer la Biblia con reflexión. El hombre bienaventurado, dice el salmista, medita en la palabra de Dios y ésta, según las Escrituras, quedará impregnada en la conciencia del creyente.

Los padres comienzan la enseñanza de sus hijos desde la más tierna infancia, inculcándoles los hábitos, las buenas costumbres, el amor a Dios y la educación que ambicionan para ellos con firmeza, amor y el buen ejemplo. Una vez que los hijos se hacen adultos y abandonan el hogar paterno para enfrentarse por sí mismos a la vida, los padres no podrán continuar guiándolos, pero aquellos valores espirituales sembrados en la tierna infancia, permanecerán para siempre.

En forma similar, aunque en un nivel más profundo y prolongado, Dios desea que su Palabra quede impresa en nuestros corazones. El quiere que nosotros la recibamos con entendimiento y que pensemos acerca de ella para grabarla en nuestras mentes y poder experimentar sus variadas aplicaciones en nuestras vidas. Cuando la Palabra de Dios se arraiga dentro de nosotros, ella puede hacer cosas maravillosas. Jesús nos enseña acerca de Su Palabra. Ella es espíritu y vida. Es capaz de salvarnos, liberarnos y equiparnos para toda buena obra; pero nosotros necesitamos pensar y reflexionar profundamente para que ella mueva nuestras emociones y voluntad. Por eso Jesús dijo a sus seguidores, quienes habían recibido una nueva capacidad para oír: “El que tenga oídos para oír, oiga”. En otras palabras: “Escuchen cuidadosamente. Pongan atención a lo que escuchan.”

Una de las más ricas maneras de meditar en la Palabra es memorizándola. Por ejemplo, ¿qué quiere decir el salmista cuando dice, “en mi corazón he guardado tu Palabra”? El quiso decir que la profundizó y la guardó; como nosotros diríamos, “la aprendió de memoria”. Jesús habló acerca de cómo sus palabras pueden “habitar” o “morar” en nosotros y, cuando nosotros memorizamos porciones de las Escrituras, ellas habitan en nosotros. Cuando ellas permanecen en nuestras subconsciencias, vuelven a nuestra mente en situaciones para las cuales ellas son aplicables. Ellas trabajan en nuestra conciencia para formarnos a la voluntad de Dios y para que crezcamos a Su semejanza.

Yo siempre estaré agradecido de alguien que me sugirió al principio de mi vida cristiana que memorizara porciones de la Escritura. Yo comencé a hacerlo seriamente cuando estaba en la universidad; aprendiendo primeramente los versículos claves, después los capítulos favoritos y luego los libros pequeños de la Biblia. Por largo período de tiempo yo estuve pensando en la Escritura y repasando los versículos en mi mente. Cuando yo tenía una hora libre; ya fuese viajando en ómnibus, en tren, manejando un automóvil, o caminando, yo trataba de repasar la Palabra de Dios que tenía en mi memoria, repitiéndola para mí mismo una y otra vez. Si usted ha hecho algo como esto alguna vez, usted sabe cómo las palabras pueden llegar a ser parte de usted, cómo acaban teniendo un gran significado para usted. Yo aún hoy sigo siendo enriquecido y ayudado inmensurablemente en mi ministerio por todo lo que memoricé muchos años atrás.

A muchos cristianos les gusta conservar el fruto de sus meditaciones y cuando profundizan en el significado de la Escritura, escriben pensamientos útiles que se les ocurren. De esa forma, al profundizar la comprensión de lo estudiado, guardan lo que han discernido para usarlo en el futuro. Usted puede hacerlo usando su propio sistema si así lo desea, pero de todas maneras hágalo con reflexión y disciplínese a sí mismo para meditar la Palabra.

Tercero, lea la Biblia con regularidad. El salmista canta acerca de un hombre que medita en la Palabra del Señor día y noche; lo que nos hace pensar que él tenía un conocimiento frecuente de esa Palabra, que tenía que haber estado escuchándola o estudiándola cada día de su vida, y eso, amigos, es un modelo que vale la pena seguir.

¿Recuerda usted lo que Jesús respondió cuando fue tentado a convertir las piedras en pan? “Escrito está: no sólo de pan vivirá el hombre, pero de toda palabra que sale de la boca de Dios”. El pensamiento básico es que Dios es el único que sustenta nuestra vida; y aunque normalmente usamos comida para hacerlo, la implicación allí es que nosotros necesitamos como nuestro pan diario la Palabra de Dios. Nuestro verdadero sustento, nuestra verdadera fortaleza viene de oírlo a Él y de depender de lo que El dice. Muy pocos podríamos subsistir si nos faltara la comida; pero algunas veces encontramos que es fácil pasar muchos días sin leer la Palabra de Dios. No recapacitamos en los sufrimientos de nuestra salud espiritual, ni nos preocupamos porque estamos creciendo débiles en la fe y porque nuestras almas no están siendo alimentadas regularmente.

Es una buena cosa leer las Escrituras más despaciosamente, pues ellas pueden refrescar y enriquecer nuestra vida. Escuche esto del hombre bienaventurado, “es como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da fruto a su tiempo y su hoja no cae”. El árbol que está plantado a la orilla de un río, no depende de las lluvias ocasionales, ni está a merced de los cambios de las estaciones. Sus raíces penetran profundamente dentro de la tierra humedecida, por eso sus hojas están siempre verdes  y frescas y en el tiempo de la cosecha sus ramas están cargadas con abundantes frutos. Su provisión de alimento y refrigerio es constante.

Yo observo en la calle donde vivo, que durante el verano hay varias clases de césped: algunos, al final del estío están quemados y amarillentos, otros tienen manchas verdes por todas partes, pero otros permanecen con un verde uniforme. ¿Cuál es la diferencia?, tres tipos de cuidados: no riego de agua, riego irregular en algunas partes y constante riego de agua día tras día.

La Biblia contiene 66 libros divididos entre el Antiguo y el Nuevo Testamento; pero es posible leerla una vez al año y cualquiera puede lograrlo. Si usted lee solo 4 capítulos diarios, puede leer todo el Antiguo Testamento una vez y todo el Nuevo Testamento dos veces en un mismo año. Algunos leen mejor y más atentamente por las mañanas, pero otros prefieren meditar la Palabra antes de ir a dormir. Es una gran cosa para la familia leer la Biblia juntos y muchos lo hacen a la hora de la comida. Busque el mejor tiempo para usted; pero como la Palabra de Dios es la comida que usted profundamente necesita procure participar de ella cada día.

Si usted lee la Biblia reverente, reflexiva y regularmente, Dios dice que usted es bienaventurado. Yo estaba leyendo esta mañana estas palabras del profeta Jeremías: “Fueron encontradas tus palabras y yo las comí, y fueron para mí gozo, y deleite para mi corazón, porque fui llamado por tu nombre, oh Señor Dios de los espíritus”. El salmista lo dice de esta manera, “yo me regocijo en tu Palabra como uno que encuentra gran despojo”. Para él leer la Biblia fue como descubrir un tesoro fabuloso.

Muchos cristianos pueden testificar que leer las Escrituras en esta forma les ha dado profunda satisfacción. Este es el testimonio que les traigo hoy. Yo he tratado de leer la Biblia como el mensaje de Dios, pensando en esto y regresando a ella día tras día. Yo no puedo explicarle el gozo que esto ha traído a mi vida, pero sí puedo decirle el por qué esto trae mucha felicidad. Leer la Biblia como el hombre bienaventurado lo hizo, nos acerca al único que es el corazón del mensaje de la Biblia, a Jesucristo. En ella lo conocemos a El, el único que vino a compartir nuestra vida, llevar nuestros pecados y ser nuestro Salvador. En ella venimos a conocerlo a El, el Señor resucitado que ofrece perdón y nueva vida a todo aquél que en El confía. ¿Por qué leer la Palabra en esta forma profunda satisface nuestros corazones?. Porque a medida que nos adentramos en el mensaje de la Biblia, “nosotros probamos y vemos que el Señor es bueno”.

AMÉN.

 Palabras de Esperanza
















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