Estas Leyendo: Home » Vida Cristiana » Cuando usted ora, Dios lo escucha



El rey Arturo, en “Alfred”, de la obra “Idilios del Rey”, escrita por Tennyson, asegura a sus subditos: “Más cosas pueden ser realizadas por la oración que lo que este mundo puede soñar”.

Cualquier persona que cree en la oración y su poder ciertamente acepta tal aseveración. La oración tiene el poder de cambiar a otros y cambiarme a mí. La oración tiene el poder de cambiar aun a Dios. Si no creyéramos que la oración tiene ese poder, ¿para qué orar? Hay quienes están dispuestos a sugerir que la oración es sólo una disciplina mental que capacita al que ora para expresar verbal mente sus temores, sus dudas y frustraciones. Si no hubiese eficacia en mis oraciones sino sólo para desahogarme de mis frustraciones, bastaría jugar un fogoso partido de tenis, y esto serviría para el mismo propósito.

E. M. Bounds, en su magnífico estudio de la oración dice: “La oración influye en Dios más poderosamente que sus propios propósitos. La voluntad de Dios, términos y palabras, todo está sujeto a cambio cuando las potencias de la oración se hacen presentes. El poder de la oración para con Dios se puede ver cuando él está dispuesto a poner a un lado sus propósitos fijos y declarados como respuesta a la oración”.

Hay varios ejemplos bíblicos que muestran tiempos en que Dios en verdad hizo a un lado sus propósitos fijos y declarados con el fin de responder a las oraciones de la humanidad. Cuando Dios le dijo a Abraham que tenía el propósito de destruir Sodoma y Gomorra, Abraham preocupado por el destino de su sobrino Lot y su familia, hizo rogativas.

En lo que se puede denominar la primera oración intercesora de la Biblia, Abraham procuró la liberación de las ciudades corruptas (Génesis 18). En su trato con Dios, Abraham primero intercedió por 50 posibles almas justas. La cantidad terminó en 10, pero no las había. Dios siguió adelante con su plan, pero primero escuchó la petición y retardó su juicio.

Un ejemplo del arrepentimiento de Dios y luego un cambio de su manera de pensar ocurrió cuando Moisés estaba en el Monte Sinaí recibiendo los 10 mandamientos. Bajo la montaña la gente erigió un becerro de oro y se entregó a la idolatría. Cuando Moisés descendió, quebró las tablas de los mandamientos a causa de su frustración. Dios también se encendió en ira, causando cambios en su plan: “Ahora, pues, déjame que se encienda mi ira en ellos, y los consuma; y de ti haré una nación grande” (Éxodo 32.10).

Entonces Moisés con su oración hizo cavilar a Dios, recordándoles de su promesa a Abraham, Isaac y Jacob. El resultado fue que “Jehová se arrepintió del mal que dijo que había de hacer a su pueblo” (versículo 14).
Hay otro ejemplo que merece ser mencionado. Se trata de una ciudad corrompida que clamó a Dios como respuesta a una predicación.

Dios envió a Jonás a predicar un mensaje breve pero potente a la población de Nínive: “De aquí a cuarenta días Nínive será destruida” (Jonás 3.4). El impacto fue enorme. El rey hizo un llamado a la penitencia y la oración, y le dijo a la gente: “¿Quién sabe si se volverá y se arrepentirá Dios, y se apartará del ardor de su ira, y no pereceremos?” (Jonás 3.9). Y Dios cedió, y Dios se arrepintió del mal que pensaba traer sobre ellos.

Si no creyéramos que Dios puede cambiar su manera de pensar, nuestras oraciones no serían más que un ejercicio ritualístico. Oramos porque creemos que Dios escucha y está pendiente de nosotros. Dios tiene el poder de satisfacer cualquier necesidad que exista. Dios tiene el amor y compasión de un padre que vela por los intereses de sus hijos.

Jesús dio énfasis a este aspecto de Dios cuando dijo: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mateo7.11). Abramos nuestro corazón delante de Dios. Enumeremos todas nuestras necesidades según las percibamos.

Lo maravilloso de este privilegio es que, nosotros siendo criaturas, podemos pedir a uno que es Creador para que haga algo que es nuestra voluntad, o que nos dé algo que necesitamos.

Hay tres lecciones que podemos aprender de estos ejemplos:

Primera: La oración debe ser sincera, que surja de corazones obedientes y persistentes;

Segunda: La oración debe ser de acuerdo a la voluntad de Dios. Jesús oró en Getsemaní: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26.39). Cuando dijo “si es posible” no se refería al poder de Dios sino a su voluntad. Por eso al final de la oración Jesús reconoce y acepta la voluntad del Padre;

Tercera: Los resultados de la oración deben ser aceptados. Todos sabemos que a veces la respuesta de Dios es “no”. Pero lo más importante es saber que él nos escucha. “Más cosas pueden ser realizadas por la oración que lo que este mundo puede soñar”.

- Dennis Loyd
















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