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¿Demasiado sucio para orar?Digamos que usted tuvo un fracaso monstruoso, o le sucedió algo humillante, o que pecó. Ahora parece que todo el mundo le mira de forma diferente. ¿Cuál fue su primera reacción? Ocultarse. Cerrar su cuenta de Facebook. Mudarse a otro país. Eso se llama vergüenza, y le dan ganas de ponerse una máscara y huir de esas miradas penetrantes. Se siente sucio, e incluso podrido.

Pero el asunto se vuelve peor: lo que ve en sus relaciones con los seres humanos, lo encontrará en su relación con el Señor. Esto significa que si evita a otras personas, entonces evitará también a Dios.

En otras palabras, a veces podemos sentirnos demasiado sucios para orar. Cuando usted vive con la vergüenza, es posible que interceda por otras personas, pero rara vez orará por usted mismo, a menos que sea para confesar la misma cosa una y otra vez. Después de todo, ¿por qué pedir algo si cree que Dios está disgustado con usted?

La raíz de la vergüenza

La vergüenza es el sentimiento profundo de que usted no es aceptable, por algo que hizo o por algo que le hicieron. Sentir vergüenza es el resultado de pecados que usted cree que sobresalen del resto. Por ejemplo, todo el mundo ha cruzado una señal de alto, pero no todo el mundo ha robado a una iglesia. Si usted es descubierto, no volverá a sentirse cómodo en la congregación. La confesión por sí sola no ayuda, por lo general, ya que puede que usted crea que el Juez dice: “inocente”, solo porque Jesús murió por usted –no porque sea tierno y misericordioso– y después sale del tribunal sintiéndose indigno todavía.

Este sentimiento de indignidad es todavía más profundo cuando alguien ha pecado contra nosotros de una manera humillante. Cualquier violación sexual hará sufrir vergüenza. Ser rechazado por los padres o los amigos, abandonado por el cónyuge, o ser el blanco de críticas, también pueden causarla. Tal vez usted ha sentido que ha hecho algo muy malo, y entonces inventa toda clase de cosas para confesarlas al Señor, pero nada de esto le hace sentir más limpio o aceptado. No importa lo que haga, la vergüenza sigue estando presente.

Vea y escuche

Si la vergüenza le impide tener comunicación verdadera con Dios, es necesario que reconozca que Él no le ve como usted piensa que lo hace. Las cosas no son siempre lo que parecen ser.

Vea a Jesús en acción. Él va en busca de los enfermos y los poseídos por demonios (Lc 4.40, 41), de los marginados, ¿y qué hace? Los toca. Jesús demuestra que está dispuesto a asociarse con este tipo de personas, incluso sin importar lo que piensen los demás.

Observe a Jesús con el leproso. Cuando el hombre lo ve, postra su rostro en tierra y le implora: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. Jesús extiende su mano y toca el hombre. “Quiero; sé limpio”. (Lc 5:12, 13).

Y luego están los “publicanos y pecadores”, o en otras palabras, la verdadera escoria de la sociedad. A solo pocos meses de haber iniciado su ministerio, Jesús ya tiene la fama de ser amigo de estas personas (Lc 7.34), lo que significa que tiene comunión con los más grandes y peores pecadores de la sociedad. Pero no es sólo eso, sino que también come con ellos –una señal concluyente de amistad y aceptación.

¿Está entendiendo el mensaje? Jesús no es como las demás personas. Él es Dios encarnado, que censura a los poderosos y busca a los que se sienten avergonzados.

El toque más poderoso

Los evangelios están llenos de impactantes historias acerca de los que luchamos con la vergüenza. Piense en una en particular: la historia de la mujer  atormentada durante doce años con una enfermedad que le producía una hemorragia constante (Lc 8.43-48). A pesar de que no tiene nada que confesar, todo el mundo la considera todavía inmunda por las creencias religiosas de la época. Seguramente que debe haber hecho algo terrible para merecer este sufrimiento, razonan. ¡Pero en un momento de gran audacia, y para horror de la muchedumbre, esta mujer extiende su brazo y toca a Jesús! ¿Cómo pudo hacer tal cosa? Las personas como ella deben mantenerse fuera de la ciudad con los leprosos, rechazadas por todos, como debe ser.

Pero Jesús se da una vuelta, y le habla a la mujer con ternura. “Hija”, le dice con cariño, “tu fe te ha salvado; ve en paz” (v. 48). Y su hemorragia se detiene al instante.

Algo que debemos entender sucedió con la mujer “inmunda”. Cuando ella sacó su brazo de en medio de la multitud y tocó a Jesús, Él dijo: “Alguien me ha tocado; yo sé que de mí ha salido poder” (v. 46 NVI). Este contacto fue como un fuerte abrazo. Ya sabemos que a los ojos de la sociedad, esta mujer, en realidad, transmitió su impureza a Jesús. Pero lo que es menos obvio es que Él se ofreció voluntariamente para tomar esa contaminación, esa vergüenza. De todas esas personas infamadas y rechazadas a las que Él ministró, estaba tomando y llevando la totalidad de su suciedad. Y su plan era llevarla a la cruz y darle muerte, de una vez y por todas.

Cuando la Escritura nos dice que de Jesús salió poder para la mujer, lo que significa es que Jesús le dio algo: se dio a sí mismo. Jesús da su santidad a quienes vienen para ser tocados por Él. Y en esa santidad hay limpieza, aceptación, protección, seguridad y amor. Lo mismo sucede con nosotros. Para que el intercambio tenga lugar, usted simplemente tiene que creer que Jesús es, quien quita la culpa y la vergüenza.

Si usted ha sido violado sexualmente, por ejemplo, y pone su fe en Jesús como el que  quitó su vergüenza de la cruz, eso significa que usted está ahora unido a Él. El Señor rompió las cadenas que le mantenían unido a la persona que le violó, y ahora, en vez de eso, Él se une a usted. Lo que le pertenece a Jesús, ahora le pertenece a usted. Y lo mismo se aplica para quienes hemos sido heridos, e incluso si somos nosotros quienes causamos el daño. Lo hecho es ahora parte del pasado. Ahora pertenecemos al Señor y somos nuevas criaturas en Él (2 Co 5.17). La vida de Cristo se convierte en nuestra vida, y en su amor encontramos paz y libertad.

El apóstol Pedro, que sabía acerca de la vergüenza después de negar a Cristo, identifica las bendiciones de este intercambio: “Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios” (1 P 2.9).

Es por ello que eso de estar “demasiado sucio” para orar, no es verdad. En vez de eso, Jesús nos ha mostrado una verdad inequívoca: Él tiene un cariño especial por los marginados y los “impuros”, y está siempre deseoso de extender sus brazos en un cálido abrazo. Nosotros simplemente tenemos para recibir su toque. Eso significa decirle: “Sí, confío en ti para que quites mi vergüenza”, o, simplemente, “Ayúdame”. Lo que importa es que usted venga al Señor –tal como está– para hacer esa conexión, y no seguir escondiéndose de Él.

Entonces descubrirá que tiene muchas cosas de que hablar abiertamente con Él –oraciones de acción de gracias, pedirle que satisfaga con abundancia sus necesidades personales, y sí, orar por su familia y sus amigos. Ellos también necesitan, desesperadamente, conocer este maravilloso regalo que Jesús selló para nosotros con su muerte y resurrección: su vida por la nuestra; su amor inmutable y sanador –para siempre.

Por: Edward T. Welch, M.Div., Ph.D.




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