Dios en un pesebre

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Cada año cuando celebramos la Navidad, recordamos el momento de la historia cuando Dios entró en nuestro pequeño rincón del universo de una manera asombrosa. En términos teológicos, usamos la palabra “encarnación” para explicar este evento. O tratamos de simplificar el fenómeno que conmemora la fecha diciendo: “Fue cuando Dios se hizo hombre”. Después nos alejamos del pesebre, pensando: ¡Ah, ya entiendo! Y seguimos con nuestras fiestas.

Pues no. No entendemos. Ni siquiera un poco.

En realidad, es imposible entender con nuestra mente humana lo que sucedió hace 2.000 años en Belén, Palestina, ese pequeño rincón del Imperio Romano. Tratar de entender la realidad del nacimiento de Jesús mirando sólo la escena del nacimiento, es como tratar de hacer una síntesis acertada de un partido de fútbol después de perdernos toda la primera parte del juego, y luego analizar la mitad restante. A menos que entendamos quién era “el niño Jesús”, y lo que Él había decidido hacer antes del día de su nacimiento, jamás comprenderemos la razón de la gloriosa celebración de los ángeles, algo que la persona común y corriente habría visto simplemente como la intrascendente experiencia de una familia judía.

El misterio de la Encarnación
En su carta a los cristianos de Filipos, el apóstol Pablo escribió un comentario fascinante en cuanto a la Navidad, que a menudo no captamos. Sin embargo, este pasaje nos dice más sobre el verdadero significado de la Navidad que muchos versículos más comúnmente asociados con la ocasión. Al hablar sobre la humildad, Pablo instó así a los creyentes: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Fil 2.5-7). Cuando Pablo se refiere a la encarnación de Cristo como un ser humano en esta tierra, prologa la idea recordándonos que Él existió antes eternamente como Dios, no como hombre.

La palabra “encarnación” viene de la palabra griega keno (de donde obtenemos el término teológico Kenosis), que quiere decir “despojamiento”. Se refiere a alguien de una gran posición que se rebaja a sí mismo, dejando voluntariamente su elevado rango para convertirse en nada, en comparación con su dignidad anterior. Es como si el Presidente de una nación rica, dejara atrás toda su autoridad, rango, poder y guardaespaldas, para trasladarse a un país pobre como un indigente. Al elegir subsistir casi al borde de la inanición, y someterse a los peligros de las bandas de ladrones y asesinos, se habría “despojado” a sí mismo.

Ese es un ejemplo sencillo para referirse a la transformación que ocurre cuando alguien se vacía a sí mismo, pero no se acerca ni remotamente a lo que Pablo está explicando. Cuando él se refiere a Jesús diciendo: “siendo en forma de Dios”, usa la palabra griega morphe. Significa que lo que uno es por fuera, se corresponde perfectamente con lo que uno es en realidad. Se es en esencia lo que se es en apariencia. Si vemos una cebra en un zoológico, miramos la morphe de la cebra; lo que ella parece ser, es lo que realmente es. Mientras que, si alguien se disfraza de cebra, por muy convincente que sea el traje, lo que vemos es la apariencia de una cebra, no su morphe. Jesús no se parecía a Dios; Él siempre fue Dios. Como nos dice Pablo, antes de ese día maravilloso cuando todo cambió, Jesús era Dios en todo sentido, y eternamente.

Sin embargo, vemos que en el v. 8 de este pasaje, Pablo usa una palabra totalmente diferente, schema, que se refiere al aspecto externo que puede ser en realidad temporal o efímero, en el que la apariencia no guarda relación de manera perfecta con la realidad. El niño Mesías era un Ser de otra clase y lugar, que tomó una nueva naturaleza —la humana—, pero sin cambiar quién era Él innata y eternamente. Jesús, Dios desde toda la eternidad, a quien adoran los ángeles, que habitaba en la luz inaccesible, y a quien ningún hombre había visto jamás realmente (1 Ti 6.16), dejó atrás su estado infinitamente glorioso a propósito, y se humilló a sí mismo.

Y de eso se trata, en realidad, la Navidad. ¿Qué significa que Dios se hizo hombre, que creó todas las cosas con su poder, y en quien toda la creación refleja su gloria personal, se despojó a sí mismo?

En el principio
Las primeras palabras del Evangelio de Juan nos dicen que Jesús, el Verbo de Dios, era uno con el Padre en el comienzo del tiempo; que “todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho (1.1-2). Todo lo que vemos con nuestros ojos, con nuestros microscopios, con nuestros telescopios, y mucho más allá, cobró existencia por medio de su omnipotencia.

Sabemos por datos científicos que el universo visible contiene un estimado de 100 mil millones de galaxias, cada una de las cuales tiene un diámetro de millones de trillones de millas de ancho; y que cada galaxia contiene cientos de miles de millones de estrellas. Eso significa que en el universo hay más de mil millones de trillones de estrellas. Para poner en perspectiva estos números astronómicos, circundar la tierra siete veces en un segundo requeriría viajar a la velocidad de la luz (casi 300.000 kilómetros por segundo); pero incluso a esa velocidad, para cruzar el universo conocido se necesitarán al menos ¡28 mil millones años! Aún más alucinante es que la mayoría de los científicos coinciden en que el universo se está expandiendo.

La energía y el poder que hay en los trillones de estrellas son incalculables. El sol, la estrella de nuestro sistema solar, calienta a la tierra y crea toda la energía que hace funcionar a nuestro sistema climático con sólo una mil millonésima parte de su energía. Más de un millón de Tierras cabrían dentro de él; sin embargo, es solo una estrella de tamaño mediano; la más grande conocida, la VY Canis Majoris, es alrededor de 2.100 veces más grande que el sol. Eso significa que nuestro sol cabría 9.200.000.000 veces en ella.

El Hijo de Dios hizo todas estas cosas; ¡les dio el poder que tienen! Y estamos mirando solo el poder creativo, apenas una pequeña fracción de todo el poder que le pertenece al Creador, quien es infinitamente mayor y más glorioso que las maravillas que Él hizo.

Fue este Creador quien se despojó de toda esa gloria y de todo ese poder para poder entrar a un pequeño planeta de la Vía Láctea, y a un insignificante lugar del Medio Oriente, viniendo a este mundo al igual que nosotros: como un vulnerable bebé.

Ese pequeño niño, que luchó por salir de su madre, y que durmió su primera noche en un pesebre, pero que seguía siendo total y verdaderamente Dios, se despojó de su gloria pero no de su esencia. El que era “la imagen del Dios invisible”, se convirtió también en “el primogénito de toda creación” (Col 1.15-17). El que mantiene todo unido por su poder, se permitió ser tan impotente que su existencia misma dependía de un humilde ser humano.

Es posible que para algunos no sea difícil creer que nuestro Creador nos amó y quiso que nos acercáramos más a Él, aun cuando nuestro pecado había creado una profunda fisura entre nosotros. Pero lo que debe ser una maravilla absoluta para todos nosotros es todo lo que Él estuvo dispuesto a hacer para salvar ese abismo y estar con nosotros. El pesebre es un testimonio impactante del amor de nuestro Dios, y de su compromiso de traer a su creación de nuevo a Él.

Otra clase de poder
Aunque Jesús vino a este mundo en un manto de debilidad, no hubo ninguna debilidad en la manera como Él vino a nosotros. Solo un poder infinito pudo realizar este milagro. Nuestros cuerpos humanos contienen un estimado de 100 trillones de complejas células. Somos maravillas de la clase más compleja de ingeniería. Imaginemos solo el tratar de humillarnos para convertirnos en la célula microscópica que éramos cuando comenzó nuestra vida.

¿Qué clase de conocimiento, creatividad y poder fue necesario para que el Creador eterno se convirtiera en un bebé, sin dejar de ser el Dios que era? ¿Cómo podríamos nosotros meter todos los grandes océanos del mundo en un diminuto dedal? ¿Cómo podríamos nosotros meter todo el poder del universo en una hebra de ADN? ¿Cómo pudo “quien todo lo llena en todo” (Ef 1.23) limitarse a sí mismo a un útero humano, y aun así ser capaz de llenar todo? Hay poder en su humildad. ¿No fue también esto un milagro, si Él lo hizo todo de la nada?

En Jesús, la humildad y debilidad no son la misma cosa. En nosotros lo son a menudo; debemos ser lo suficientemente humildes para reconocer nuestras debilidades, a fin de que el poder de Dios pueda ser perfeccionado en nosotros. Sin embargo, desde el principio, la fragilidad humana de Cristo nació de su gran poder. Aquel que es inmensurable en su grandeza, estuvo dispuesto a ser contenido en un cuerpecito tan liviano que uno podía haberlo levantado con una mano. Aquel que todo lo sabe, y que ve toda la actividad que hay en las galaxias invisibles para nosotros, permitió que su mente se limitara a la de un bebé. Aquel cuya palabra hizo que existiera el universo, se permitió llorar con frases ininteligibles, incapaz de comunicar aun sus necesidades más básicas. El que tiene legiones de ángeles poderosos bajo su control, confió su bienestar a un pobre carpintero y a su esposa adolescente.

¡Este es su Creador!
Así que en esta Navidad, al contemplar al pequeño bebé en el centro del pesebre de la Natividad, reflexione en las alturas de las cuales Él vino, y el alcance del poder que tuvo antes de que el tiempo existiera. Reflexione en que nadie, en toda la historia, ha renunciado a más o fue a tales extremos por amor. Aun antes de que Él viviera su vida al lado nuestro —y que sacrificó por nosotros en otro acto milagroso de redención—, Él nos mostró el misterio de su amor incomparable, aun como un recién nacido que lloraba acostado en un pesebre.

por Dan Schaeffer