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ancianoLa ciudad de Marsella en el sur de Francia, se hizo famosa por sus hermosos jardines, pero no era siempre así. En un tiempo fue un lugar seco y árido. Hace muchos años vivía en aquella ciudad un señor llamado Guizón. Era un hombre que trabajaba duro para ganar y ahorrar su dinero. Siempre llevaba puesta ropa muy gastada y comía lo más barato y sencillo. Se negaba no solamente los lujos de esta vida sino también las comodidades más sencillas. Lo conocieron en Marsella como un avaro. A pesar de ser sumamente honrado en todas sus transacciones y cumplir fielmente todas sus labores, todo el mundo lo despreciaba. Cada vez que lo veían pasar mal vestido por la calle, los muchachos gritaban:

– ¡Miren al viejo tacaño¡

Pero él seguía su camino sin hacerles caso. Si alguien le hablaba, siempre contestaba cortés y suavemente. 

Pasaron los años y por fin, su cuerpo encorvado por los arduos trabajos y su cabello blanco como la nieve, Guizón murió a la edad de más de 80 años. Fue entonces que descubrieron que él había ahorrado una gran fortuna de plata y oro. Entre sus papeles encontraron su testamento que contenía lo siguiente:

-Hace muchos años yo era pobre y me di cuenta que los habitantes de Marsella sufrían mucho por razón de la escasez de agua pura. Sin familia, he dedicado toda mi vida a ahorrar suficiente plata para poder construir un acueducto para proveer agua para todos los pobres de esta ciudad, para que aún a la persona más necesitada no le va a ser falta.

Sin amigos, y muy solo durante el transcurso de su vida, Guizón vivió con el fin de poder realizar esta noble meta de beneficiar aún a los que no lo entendieron y lo trataron mal. Murió sin oír ni una palabra de agradecimiento.

En un país oriental hace muchos años, vivió otro hombre, mal entendido, «despreciado y desechado entre los hombres.» El también escogió una vida de pobreza. No tenía donde recostar su cabeza. «Por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos», (2 Corintios 8:9). Sin embargo, tan grande fue la malevolencia contra este hombre «manso y humilde de corazón,» que la gente pidió a gritos su muerte:

-¡Crucifícale! ¡Crucifícale!

Fue colgado sobre una cruz donde todos los que lo vieron lo escarnecieron. Lo menospreciaban en gran manera y lo sufrió para nosotros. «Fue entregado por nuestras transgresiones, resucitado para nuestra justificación», (Romanos 4:25).

El testamento de Guizón proveyó agua fresca para todos los pobres de Marsella; pero el Señor Jesucristo, con su muerte y resurrección, ha provisto para cualquier ser humano, hombre, mujer, niño o niña, una abundancia de agua viva que nunca faltará ahora o en la eternidad.

En Marsella, como resultado de la abnegación de este señor compasivo, Guizón, el agua fue disponible para todos. Si alguien no quería tomar esta agua, el sacrificio y las privaciones de Guizón no lo beneficiaban.

Pero su abnegación no puede compararse con la del Señor Jesús, quien pagó un costo infinito para redimimos de nuestros pecados y proveer el camino de salvación por sus sufrimientos y su muerte en la vergonzosa cruz.

El agua fue regalado a cualquiera que la tomara. Hoy en día el agua viva fluye gratuitamente. «A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero. …Venid, comprad sin dinero y sin precio…» (Isaías 55:1). La salvación, por medio de fe en el Señor Jesucristo, está al alcance de todos, pero la Biblia nos dice: «La salvación es de Jehová,» Jonás 2:9. Nose puede comprarla ni ganarla. Dios en su infinito amor la ofrece a cualquier que la acepte. Si tu no estás gozando la perfecta paz con Dios, inclínate ante El, reconociendo tus pecados, y acepta «el agua viva» la salvación que El te ofrece.

  Editorial Buenas Nuevas

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