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Sin duda muchos cristianos nos preguntamos: ¿Por qué necesito la presciencia y poder del Espíritu Santo en mi vida? Tengamos poco o mucho tiempo de creer en Jesús de Nazaret como nuestro Salvador y Señor, todos necesitamos la sabiduría, el poder y la dirección del Espíritu Santo para vivir conforme a la nueva vida que hoy tenemos por él.

En la palabra de Dios, la Biblia, que es nuestra norma de fe y conducta, encontramos varias razones, entre ellas las siguientes:

1. El Espíritu Santo enseña, guía y capacita a vivir según la verdad espiritual que Jesucristo enseñó.

San Juan cita las palabras de su Maestro: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Juan 14.26; 16.13).

2.
El Espíritu Santo glorifica a nuestro Salvador, constantemente honra, exalta y celebra lo que Jesucristo ha hecho y hace por nuestra salvación y santificación.

Jesús mismo afirma: “El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Juan 16.14).

3.
Para cumplir con la tarea de proclamar la buena noticia que Jesús de Nazaret es el único Salvador y Señor del universo, iniciando en nuestra familia, amistades, vecindarios, hasta llegar a todo rincón del mundo, necesitamos el poder y habilidad que el Espíritu Santo genera.

El Señor dijo a sus discípulos: “…recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1.8).

4. Después de ser adoptados hijos de Dios por la fe en Jesucristo, Dios envía el Espíritu Santo a nuestro corazón para confirmar que somos sus hijos herederos y coherederos con Cristo de su reino (Romanos 8.15-17).

Luego de esta experiencia personal tenemos la libertad, la seguridad y la plena confianza de dirigirnos a Dios como nuestro querido Padre, igual que su Hijo unigénito, manifestando obediencia a su voluntad (Marcos 14.36).
5.    Sólo el Espíritu Santo nos despoja de nuestra naturaleza carnal, pecaminosa y nos da la experiencia de vivir como nuevas criaturas en Cristo.

El amor, el gozo, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre y toda característica de santidad son fruto del Espíritu Santo cuando limpia y habita en nuestro corazón (Gálatas 5.22-23).

6. Cuando se nos dificulta presentar y dirigir nuestras necesidades y súplicas ante nuestro Padre Celestial, el Espíritu Santo interpreta y traduce nuestras oraciones en lenguaje divino, exponiendolas en el trono de la gracia. El nos ayuda y toma nuestro lugar superando nuestras limitaciones humanas que bloquean el acceso a Dios (Romanos 8.26-27).

7. Necesitamos madurez y crecimiento espiritual para obedecer, honrar, glorificar, adorar con todo el corazón, mente y fuerzas a nuestro Dios y Padre.

Los diferentes dones y ministerios son impartidos e inspirados por el Espíritu Santo precisamente para perfeccionar y edificar el cuerpo de Cristo, la iglesia universal (Efesios 4.12).

8. Los cristianos potentes y victoriosos en su vida espiritual, que en verdad aman a Dios con todo su corazón, son aquellos que entregan su cuerpo en sacrificio vivo, santo y agradable al Señor, como templo y morada del Espíritu Santo (Romanos 12.1-2).

Hoy debemos atender el consejo paulino que dice: “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu” (Efesios 5.18).

Dios derrame su Santo Espíritu en nosotros, nos dé inspiración, conocimiento, dirección y poder para vivir conforme a su propósito y venciendo las huestes espirituales de maldad que nos acedian constantemente. Estemos unidos en esta fe. Jesús de Nazaret es el único Salvador y Señor en el universo y nos da su Espíritu, el Espíritu Santo, para que seamos cristianos victoriosos.
















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