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En Lucas 11.1 los discípulos le preguntaron a Jesús, “Señor, enséñanos a orar”. Pablo escribió en Romanos 8.26, “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles”.
Cada cristiano debería tener el deseo de aprender más acerca de la oración para acercarse más a nuestro Padre celestial y que nuestras oraciones fueran más agradables delante de él. Examinemos unas enseñanzas del Nuevo Testamento concernientes a la oración y tratemos de responder algunas de nuestras frecuentes preguntas de cómo debiéramos orar, por qué cosa debiéramos orar y dónde orar, y cuan a menudo debiéramos orar.

Antes que todo, ¿qué es la oración? Seguramente no hay necesidad para una larga y complicada definición. La oración es simplemente platicar con nuestro Padre celestial, tal como un niño habla con su padre terrenal, pidiéndole algo, dándole gracias y discutiendo con él todas las cosas que tiene en su corazón de niño.
Jesús contestó muchas preguntas concernientes a la oración cuando él dijo, “Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto (donde orar); y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos (como orar). No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis (por cuales cosas orar; por aquellas que necesitamos)” (Mateo 6.6-8).

Tal vez no tengamos un lugar privado donde podamos meternos para orar a Dios, pero podemos encontrar un rinconcito en un cuarto donde podamos aislarnos del ruido de la ciudad y olvidarnos de los pensamientos mundanos, y así tener una conversación privada con nuestro Padre.
Cristo y Santiago nos dieron ejemplos sobre las cosas por las que podemos orar. En “la oración del Señor”, Mateo 6.9-13 pidió por el pan de cada día, por el perdón así como nosotros hemos perdonado a otros, y por ayuda en la hora de tentación. El nos dice, “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5.44). Santiago 5.13-15 nos dice que oremos cuando estemos enfermos, “y la oración de fe salvará al enfermo“.

Santiago también nos dice, “orad unos por otros” (5.16), y en 4.3, declara: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites”. Nuestro Padre sabe de qué cosas estamos necesitados antes de que le pidamos, según Jesús nos dijo en Mateo 6.8.

También nos dice en Mateo 6.25-34 que no nos afanemos por la comida ni el vestido, porque nuestro Padre sabe que necesitamos todas estas cosas. Y si buscamos primeramente el reino de Dios y su justicia, él añadirá todas estas cosas (Mateo 6.33). Pedro también nos instruye diciendo, “echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 Pedro 5.7).

Así que en nuestras oraciones, cuando hablemos de las necesidades físicas, siempre debemos recordar que Dios ya ha prometido proveernos esas cosas.
¿Cuán a menudo debemos ir a Dios en oración? A veces pensamos que estamos muy ocupados para orar excepto cuando es tiempo de ir a dormir. David era un hombre muy ocupado: rey y soldado, poeta y músico y un profeta inspirado por Dios. Pero en Salmos 55.17 él dice, “Tarde y mañana y a mediodía oraré”. Daniel también fue un hombre ocupado: profeta de Dios y un hombre con una posición alta en la corte del rey. Pero se nos dice en Daniel 6.10 que “se arrodillaba tres veces al día y oraba y daba gracias delante de su Dios”. Seguramente que si estos importantes líderes podían hallar tiempo para orar a Dios, al menos tres veces al día, nosotros también deberíamos contar con este corto tiempo.

En el Nuevo Testamento frecuente-mente se nos dice que “oremos siempre”. Esta expresión es usada por Jesús en Lucas 18.1 y Lucas 21.36. Hechos 10.2 nos dice que Cornelio “oraba a Dios siempre”. Pablo recomendó a los cristianos a “oraren todo tiempo” (Efesios 6.18); “Orad sin cesar” (1 Tes. 5.17); y “constantes en la oración” (Rom. 12.12). Pablo dijo que él había orado siempre por otros cristianos en 2 Tes. 1.11; Col. 1.3; 1 Cor. 1.4; Efesios 1.16; Rom. 1.9; y en muchos otros lugares.

Nunca olvidemos el tremendo poder de la oración. En el Antiguo Testamento, Ezequías oró y Dios le añadió 15 años a su vida (2 Reyes 20.1-6). En Mateo 21.22 Jesús dijo, “Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis”. 1 Juan 3.22 declara, “y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él”.

Leamos Santiago 5.14-18 otra vez, ya que él habla del poder de la oración: “¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados. Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho. Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto”.

Sabemos que Dios escuchará nuestras oraciones y que nos responderá, ya sea que oremos fuerte o silenciosamente como lo hizo Ana (1 Samuel 1.13); ya sea que oremos en la azotea como lo hizo Pedro en Hechos 10; o con nuestras ventanas abiertas como lo hizo Daniel (Daniel 6.10); ya sea que oremos cuando estemos enfermos de muerte con nuestro rostro vuelto hacia la pared como hizo Ezequías (2 Reyes 20.1,2); o desde el vientre de un pez como lo hizo Jonás (Jonás 2.21). Porque Cristo nos ha dicho: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en  vosotros, pedid todo  lo que queréis, y os será hecho” (Juan 15.7).

Que honor más grande pudiéramos recibir que el de platicar con el Creador del cielo y de la tierra, el Dios que nos hizo y que no dio vida. Con reverencia y temor, con humildad y amor, vamos a orar en toda oportunidad; agradeciendo a Dios y alabándole por el glorioso privilegio de orar ante él. Recordemos siempre las palabras de Santiago, “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros” (Santiago 4.8).

—Susana Mozley,  La Voz Eterna.
















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