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“Quiere, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda” (2 Timoteo 2.8).

En el primer siglo tanto judíos como cristianos levantaban sus manos cuando oraban. Por lo general extendían sus manos hacia adelante, con las palmas hacia arriba.

La postura expresaba una actitud de súplica a Dios. Externamente manifestaba la necesidad de Dios, de quien fluye toda bendición, pero también el deseo de recibir las bendiciones que el Señor otorga.

La práctica de levantar las manos durante la oración se originó en el Antiguo Testamento. Decía David: “Oye la voz de mis ruegos cuando clamo a ti, cuando alzo mis manos hacia tu santo templo” (Salmo 28.2). Levantar las manos era entonces lenguaje corporal que expresaba súplica (Salmo 28.2), bendición (63.4), y alabanza (141.2) o esperanza (143.6). El Salmo 68.31 dice: “Vendrán príncipes de Egipto; Etiopía se apresurará a extender sus manos hacia Dios”. Extender las manos hacia un dios podría inclusive significar el estado de la relación entre el hombre y su dios (Salmo 44.20).

En 1 Reyes 8.22 y 2 Crón. 6.12-13, Salomón extendió “sus manos hacia al cielo” al momento en que oraba por la obra de construcción del templo que había sido terminada. El gesto no sólo reflejaba su propia humildad, sino también el respeto a la majestad de Dios.

Para el tiempo de Isaías, se asume que la práctica era algo común. El profeta advierte al pueblo:

“Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos” (Isaías 1.15).

Aun en el tiempo de Isaías el estado del corazón era de importancia cuando los hombres extendían sus manos en la oración, Dios nunca ha aceptado la adoración de manos pecadoras e impenitentes. Así es que el profeta instruye a sus oyentes: “Lavaos y limpiaos” (Isaías 1.16).

Alfred Edersheim, en su libro Sketches of Jewish Social Life, explica que el levantar las manos durante la oración era una costumbre tanto en la sinagoga como en el templo. Dice: “Para dar la bendición, los sacerdotes elevaban sus manos a la altura de sus hombros, y en el templo a la altura de su cabeza. Por consiguiente el rito llegó a ser conocido por la expresión levantar las manos”. Edersheim hace notar, además, que es muy probable que sea a esa práctica a la que Pablo hace alusión en 1 Timoteo 2.8, ya que hace uso de la misma frase que era utilizada por los rabinos.

En el Nuevo Testamento, Jesús, “alzando sus manos”, bendijo a sus discípulos (Lucas 24.50).

Everett Ferguson ha hecho la observación de que los primeros cristianos también levantaban sus manos cuando oraban. Así nos lo dice en su libro “Early Christians Speak”: “La postura característica de los cristianos para orar era la de ponerse de pie con los brazos extendidos hacia el frente, ligeramente levantados y con las palmas vueltas hacia el cielo. Las citas al respecto en los textos literarios son confirmadas por una gran cantidad de representaciones gráficas en catacumbas y en las pinturas sobre los sarcófagos.

Ferguson dice además que las manos extendidas eran para los primeros cristianos lo que “Las Manos de Oración” de Durero son para los cristianos modernos. “Las manos levantadas constituyen la forma de la oración congregacional y de la oración privada”.

¿Deberían entonces los hombres que dirigen a la congregación en oración levantar sus manos mientras oran? ¿Es aceptable orar en otras posiciones? ¿Deberíamos motivar a los cristianos en la congregación a que levanten sus manos mientras oran? ¿Hemos violado 1 Timoteo 2.8 por no levantar nuestras manos cuando oramos?

Al escribir Pablo, “Quiero, pues, que los hombres oren”, estaba él manifestando una decisión de su inspirada voluntad después de haber deliberado sobre el asunto. Su frase (como en 1 Tim. 5.14 y Tito 3.8) tiene la fuerza del modo imperativo. La expresión “levantando manos santas” se encuentra en el presente activo participio, modo utilizado para describir la forma de la oración. En un sentido estricto uno podría argumentar en favor de tal práctica en la oración congregacional.

Pero insistir demasiado en ella resultaría inútil. El énfasis se debe dar no en la tradicional postura o gesto, sino más bien en la conducta e intención del que dirige la oración. Quien dirija la oración debe ser una persona santa; uno debe de estar libre de ira y de disensión antes de elevar sus manos  y su corazón a Dios en oración. Dios no desea que se eleven hacia él las manos contaminadas; él desea manos piadosas, devotas, manos agradables, como aquellas que perdonan y que hacen la paz.

Además, uno puede asumir cualquier posición para orar y su oración será aceptable a Dios. El Nuevo Testamento registra varias posiciones que pueden asumirse al orar: de rodillas (Lucas 22.41); postrado (Mateo 26.39); de pie e inclinado el rostro, mirando hacia el suelo (Lucas 18.13); mirando al cielo (Mateo 14.19); con la vista levantada (Juan 11.41 y 17.1); reclinado (Mateo 26.20,26); en voz alta (Hechos 4.24); atado al cepo (Hechos 16.24-25); clavado a una cruz (Lucas 23.24). Jonás oró desde el vientre del gran pez y desde lo profundo del mar (Jonás 2.1,6,7). Por consiguiente, cualquier argumento respecto a la postura que deba asumirse al orar es inútil.

La práctica en nuestros días de algunos religiosos, cuyos programas son televisados, y la insistencia de cristianos neotestamentarios de que las manos sean levantadas cuando se ora llama la atención. Por supuesto que no hay nada malo en levantar las manos mientras uno ora. Si alguno de entre la congregación así lo hace, los demás no deben mirarlo con sospecha. Pero tampoco debe tratar de imponerse la práctica de levantar las manos en la oración sobre quienes no deseen hacerlo.

Es mejor todavía que se haga énfasis en la práctica de una vida santa, en la que no haya ira ni disensión, sin dar tanta importancia a la posición del cuerpo. Uno nunca orará apropiadamente a Dios si lleva dentro de sí un corazón impenitente.

—Phil Sanders,  La Voz Eterna.


















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