Huyó mi soledad al conocerte

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Huyó mi soledad al conocerte,
desde ese día jamás estuve solo.
Llegaste Tú, Jesús, mi Amigo fuerte,
y entrando Tú en mi vida, cambió todo.
Gozando de tu dulce compañía,
abrí mi boca y te conté frustrado
mis luchas, mis dudas, mis pecados,
mis tentaciones, mis miedos, mis caídas.
Tú, amoroso, me diste bienvenida
sentándome a tu lado, perdonado.

Más tarde las tormentas me azotaron,
el luto y el dolor en torbellino
cayendo sobre mí, me sepultaron.
Oíste mi clamor (pues soy tu hijo),
pronto tus brazos de amor me rodearon
y en tu regazo me quedé dormido.
Ya no temo el “valle de sombra y de la muerte”
del Salmo 23 (que tanto amo).

Tú prometiste estar conmigo, sostenerme
al dejar mi cuerpo en tierra sepultado.
Luego entraré en tu gloria para verte.
¡Gracias, mi Salvador, mi Cristo amado!

Lisardo Uría Árribe