La realidad de la Fé

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Nada hay tan peligroso como dudar de Dios. Quien duda de Dios tenderá naturalmente a desconfiar de Dios. Y si no puede confiar en Dios, ¿en quién podrá depositar su esperanza?

Ese es el riesgo o la ambivalencia de la fe. Quien la tiene, vive, vive de ella y con ella. Por contraste, si la pierde, la atrofia o la contamina, en esa medida prepara y adelanta su propia muerte. El hombre no puede vivir sin amor, pero para amar es indispensable y previo creer. Uno aprende a amar cuando se sabe amado primero. Dios nos amó primero.

No solemos tomar conciencia de los bienes que se nos regalan junto con la fe y que, obviamente, se pierden cuando ella se extingue o desvirtúa. La fe, en efecto, nos da la certeza de nuestra propia identidad y valer: Soy hijo de Dios, soy miembro de la iglesia de Cristo, soy templo del Espíritu Santo, soy persona en la iglesia y en el mundo. Por mí, por todos, ha muerto Cristo; yo valgo la sangre de un Dios; yo participo del sacerdocio y de la realeza de Cristo acorde a lo que expresan las Escrituras. Todos los cristianos somos la luz del mundo y la sal de la tierra. Yo participo de la naturaleza divina. Nuestro espíritu es creación de Dios, espíritu inmortal; y hasta nuestros cuerpos son obra también del Creador divino.

Nuestra fe nos da también una luz, una óptica para penetrar los misterios de la existencia y percibir en su trama dolorosa y con frecuencia incomprensible, una sabia intencionalidad y pedagogía de amor. Con esa luz se nos regala fuerzas, energías más que humanas para superar los más formidables obstáculos, sin detenernos siquiera ante el riesgo o el temor de la muerte, porque aun y sobre todo en la muerte, la fe descubre el camino que lleva a la plena posesión de la vida.

Creer es descansar, apoyarse con todo el ser e ilimitada confianza en Jesucristo, en su palabra, en su corazón, en la realidad que él es el Camino, la Verdad y la Vida del hombre. Nuestra fe es virtualmente todopoderosa siempre, y finalmente victoriosa. Es la “fe que vence al mundo”. Quienes la poseemos, la cultivamos y la ponemos en práctica, y con ello somos sobremanera dichosos e inagotablemente fecundos.

El justo vive de la fe. Si pierde la fe, muere. Todo el impresionante listado de valores que acompañan a la fe se vuelve en contra nuestra cuando dudamos y desconfiamos de Dios.

Recordemos: por la duda empezó el pecado. La primera pareja humana aceptó jugar con la duda y desconfianza en Dios. Hasta antes de escuchar el susurro hipócrita del sembrador de cizaña, del envidioso, mentiroso por naturaleza, Adán y Eva vivían en la fe ingenua que caracteriza a los niños: mi padre me quiere, y quiere mi bien. Todo lo que él hace lo hace por mí y por mi bien. Esta fue precisamente la convicción fundamental que Satanás procuró destrozar, sabiendo que sobre ella está construido todo lo demás. Si uno duda y desconfía de quien, por definición es el más llamado a amarlo a uno ya no habrá quien sea merecedor de confianza.

Y si nadie es digno de crédito, si de nadie se puede esperar nada que sea gratuito y favorable a nosotros, la única conducta congruente será considerar a todo el mundo como enemigo potencial y dedicarnos fríamente a salvaguardar nuestros propios intereses. Todo quiebre en la fe y confianza en Dios repercute de inmediato en la fe y confianza en el hombre. La guerra, la violencia y el odio homicida son la trágica documentación de un naufragio de la fe en Dios. Cuando Caín dudó de que Dios le amaba, su primera reacción fue matar a su hermano.

Diversas son las razones o circunstancias capaces de inducir un debilitamiento de la fe o una duda corrosiva de ella. Puede ser la deficiente o nula formación recibida, o la negligencia en complementar y perfeccionar la que se recibió. El mal ejemplo de los testigos de la fe contribuye, por cierto, a desorientar a los creyentes que se miran en ellos. Muchos de ellos, “predicadores”, han dejado tras de sí almas totalmente desprovistas de fe alguna en Dios y en Cristo.

La propaganda, insidiosa y persistente de quienes se interesan en divulgar que la iglesia de Cristo es una “creación” de los norteamericanos, quienes llegan a los países a “enriquecerse” predicando y a “dogmatizar el gobierno de su país” sin dejar que los naturales puedan tomar el control del “negocio”, no deja de cobrar víctimas en los menos fuertes o menos hábiles en discernir. El espectáculo de las injusticias que claman al cielo, la brutalidad de la guerra y el terrorismo, la tremenda desigualdad social entre los menos y los más, favorecen la duda sobre la bondad, el poder y aun la existencia de Dios.

El misterio del dolor, sobre todo cuando asume formas en extremo crueles y absurdas, se clava como espina porfiada en el corazón del hombre y le hace gemir de miedo y angustia, hasta preguntar: ¿Dónde estás. Señor, y si estás ahí, por qué no respondes?” A la propaganda atea y corrosiva, hábilmente disfrazada de humanismo y hasta de teología, se debe responder con una inalterable fidelidad a Dios y fe en Cristo como Salvador.

En la pesadilla de los problemas humanos inherentes a la vida, a la pesadilla de la violencia descubriremos siempre, como raíz, el olvido y desprecio a Dios: así cada injusticia, cada desprecio, cada día nos urgirá a respetar y hacer respetar, como sagrada, toda vida humana rescatada por la sangre de Cristo.

Por medio de las Escrituras podemos entender que tres simples miradas pueden ayudar al diario ejercicio y perfeccionamiento de nuestra fe.

La primera se vuelve hacia el pasado. Todo lo que ocurrió, y en especial lo más doloroso e incomprensible, se nos aparece hoy en una nueva perspectiva. Ahora, como cristianos, más serenos, más maduros espiritualmente, descubrimos que Dios tenía la razón; que él es sabio y bueno, y todo lo hace bien. Es decir, pensando en nosotros quiere nuestro provecho y que logremos la vida eterna. Mirar el pasado desde esta perspectiva nos ayudará mucho a creer en la bondad y sabiduría de Dios.

Lo mismo ocurre cuando miramos el presente, si es que lo hacemos con objetividad y ecuanimidad (justicia). Nos faltan cosas; no nos resultan nuestros planes; pero las que tenemos y disfrutamos, y las que sí resultan bien superan en mucho a las anteriores. Cuando nuestra fe se ejercita en valorizar rectamente el presente, culmina siempre en un “gracias a Dios”.

¿Y el futuro? La fe nuestra se debe ejercitar atreviéndose, imaginando. Esto es en el sentido de lo que sabemos que es Dios para nosotros.

Un cristiano hace con gusto tareas que para otros parecen imposibles, pone en ellas cuanto está de su parte; y el resto se lo deja a Dios.

Hay que darle a Dios un espacio, un tiempo, una oportunidad. Si él nos invita a caminar sobre el agua de las dificultades, caminemos y no dudemos. Pocas cosas ofenden tanto a Dios como que se desconfíe de él. “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?” (Mateo 14.31). La primera verdad, el primer grito de nuestra fe, es y debe ser: “¡Señor mío, y Dios mío!” (Juan 20.28).

—Atilio S. Pinto La Voz Eterna