Estas Leyendo: Home » Vida Cristiana » La tentación de los ojos

La tentación entra a la conciencia humana por los ojos. Los ojos son el instrumento con el cual detectamos todo lo que ocurre en nuestro alrededor; lo asimilamos, y lo interpretamos en nuestro cerebro. Por eso dijo Jesús: “Lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos…” (Marcos 7.20-21). La tentación, cuando es aceptada en el corazón del ser humano como algo codiciable, da a luz el pecado, y el pecado la muerte (Santiago 1.15). La codicia y los deseos colocan al hombre en una situación tambaleante (Santiago 1.12).

Dios ha dado al hombre la luz de los ojos para que vean, perciban y admiren su creación. El cielo camina en tinieblas, y por eso no sabe dónde va. Con los ojos podemos hacer el bien y el mal. Los ojos pueden servir al ser humano para hacer obras positivas u obras negativas.

“Yo os dijo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mateo 5.28). Eso de “sacarse” el ojo, ¿qué significa si no nos invita a hacer sacrificios? El discípulo de Jesús debe tener la continua disposición de ofrecer su vida en sacrificio vivo por vivir una vida moral, y para la honra y gloria de Dios (Mateo 5.29-30) “La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuero estará en tinieblas. Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?” (Mateo 6.22-23; Lucas 11.34-36).

Por el ojo, el ser humano puede levantar toda una filosofía de vida. Puede ignorar cierta sabiduría de la vida, por cuanto entrena su conciencia en esa dirección, satisfaciéndose a sí mismo con su modo de pensar. Puede avanzar hacia la legislación divina con maldad. Puede llamar a lo bueno malo, y a lo malo bueno; esto depende en qué modo ve las cosas con sus ojos.

Un hombre puede hacer una mujer suya con los ojos. Una mujer pude disfrutar al hombre de su imaginación por los deseos de los ojos. Todo lo que pertenece al prójimo, lo codicia el ojo impuro. Por tanto, vemos que el problema no está en las cosas ni en las tentaciones, sino en el ojo humano que solicita para sí mismo lo prohibido.

Podemos entonces decir que el hombre puede triunfar con la ayuda de Dios (Romanos 7.25). Pero es preciso que abandone su coqueteo con el mundo a favor de la enseñanza de Cristo. Uno no puede servir a la pureza y a la impureza sin constituirse en hipócrita para el mundo o para Cristo.

Es tan fácil vivir en amorosa coquetería con el mundo, olvidándose momentáneamente del amor de Dios. Pero la doble mentalidad en nuestra vida daña nuestro carácter, pues suele hacer de nosotros caracteres inestables e indecisos. “El querer el bien está en mí, pero no el hacerlo” (Romanos 7.18).

“No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo… porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne (codicias y deseos impuros), los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo” (1 Juan 2.15-16). ¿Que significa “los deseos”? El prójimo frente a nosotros ante el cual nos hacemos interesantes, abriéndonos en apetito carnal de codicia: la propiedad de nuestros semejantes para lo cual Dios nunca nos ha dado un título de propiedad; lo malo que nos aparece atractivo; y el simple pecado, que es la transgresión de la ley de Dios (1 Juan 3.4), que muchas veces nos parece ser un bombón muy dulce, pero que, cuando lo comemos, nos produce sufrimiento como de mordedura de serpiente, por el veneno de nuestra propia insensatez.

Ahora bien, ¿qué es necesario que hagamos concretamente a fin de que nuestro ojo no nos lleve por el camino errado? “Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos” (Santiago 1.22). “Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1.7).

—Hans J. Dederscheck


















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