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El Libro de los Salmos ha sido un favorito del hombre por generaciones. Una razón, creemos, es que los salmos expresan una variedad de sentimientos comunes al corazón universal. Nuestros temores y penas, nuestras alegrías y arrojos, nuestras esperanzas y aspiraciones, y en fin.

En el Salmo 42 el escritor inspirado parecía encontrarse en el fondo del pozo de la aflicción y exclama: «Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche, mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios?» (Salmo42:3). Y luego se pregunta: «¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? « (Salmo 42:5).

Mucha gente sufre en el día de hoy. El sufrimiento por esta, la otra, o aquella razón es común al ser humano. Tal vez en este momento usted mismo esté atravesando una experiencia dolorosa. Quizás se trate del fallecimiento reciente de un ser querido, la partida a otra ciudad de un ser cercano, el descarrío de un hijo amado, la rebelión de una hija mimada, la incomprensión de un vecino, la injusticia, la presión y malestar en el lugar de trabajo, o por cualquiera otra razón.

Amigo mío … no sucumba. Yo también he estado en el fondo de ese pozo. Y . . . ¿sabe? «De día mandará Jehová Su misericordia, y de noche Su cántico estará conmigo» (Salmos 42:8). Así se expresó el escritor del Salmo 42 y así lo hemos experimentado nosotros. Sí, Dios llega a tiempo y cambia nuestro lamento en baile, nuestra tristeza en alegría, nuestra noche en día, nuestras lágrimas en canción. Dios tiernamente mitiga nuestras penas, enjuga nuestras lágrimas y consuela nuestros corazones.

En otro de los salmos David dice: «Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios» (Salmos40:1-3). ¿Lo ve? Entre la tristeza y la alegría, entre las lágrimas y el consuelo, entre las noches solitarias y estériles donde no se oye canción  alguna, y esas noches exuberantes donde Dios manda Su canción, median varias experiencias.

 

La primera de ellas es la de expectación en la presencia del Señor. Dice David: «Resignadamente esperé a Jehová». Luego se experimenta la liberación: «me sacó de un lago de miseria, del lodo cenagoso». Por fin la experiencia de la canción: «puso en mi boca canción nueva, alabanza a nuestro Dios».

Queda comprobado que es menester levantar nuestra vista al Dios que todo lo sabe y quien todo lo puede. Esta mirada hacia El desde el fondo del pozo, es nuestra confesión de que confiamos en Su gracia y dependemos de Su misericordia. Entonces queda por balbucear nuestra oración en señal de fe absoluta en el Dios que inclina Su oído a Su criatura. Sí, no obstante sea hondo el pozo y muy profunda la pena, Dios oye el clamor de Su criatura y se apresta a mandar Su canción en la noche.

A Jonás el profeta se lo tragó un enorme pez. Clamó a Dios desde allí estando en lo profundo de los mares. Esta fue su oración: «Invoqué en mi angustia a Jehová, y El me oyó; desde el seno del Seol clamé, y mi voz oíste. Me echaste a lo profundo, en medio de los mares, y me rodeó la corriente; todas tus ondas y tus olas pasaron sobre mí. Entonces dije: Desechado soy de delante de tus ojos; más aún veré tu santo templo. Las aguas me rodearon hasta el alma, rodeóme el abismo; el alga se enredó en mi cabeza. Descendí a los cimientos de los montes; la tierra echó sus cerrojos sobre mí para siempre; mas tú sacaste mi vida de la sepultura, oh Jehová Dios mío. Cuando mi alma desfallecía en mí, me acordé de Jehová, y mi oración llegó hasta ti en tu santo templo. La salvación es de Jehová» (Jonás 2:2-9). A este fondo olvidado del mar, en el oscuro interior de un pez, Dios envió a Jonás Su canción en la noche y luego el pez le vomitó a tierra.

La noche era muy obscura también en la cárcel de Filipos. Los azotes en las espaldas de los prisioneros dolían mucho. Los corazones de Pablo y Silas podían muy bien estar acongojados por el aparente fracaso de su misión. Pero … a media noche … Pablo y Silas «cantaban» …

¿Qué dije?

 

¿Cantaban?

Sí, «cantaban himnos a Dios, y los que estaban presos los oían» (Hechos 16:25). ¡Dios mandó Su canción en la noche a la cárcel de Filipos! Para el carcelero y su familia el resultado fue maravilloso en términos de salvación. Amigo nuestro, Dios manda Su canción en la noche.

En consecuencia, es muy bueno tener a Dios como aliado en nuestros tiempos de angustias. «Vuelve ahora en amistad con EL, y tendrás paz» (Job 22:21). La Biblia dice que en el estado natural en que usted se encuentra, usted es un «enemigo en vuestra mente» (Coiosenses) del Dios que da canciones en la noche. El, por Su parte, le ha enviado a usted Su embajador de reconciliación. No es otro que el santo Hijo Suyo, el SEÑOR Jesucristo. Cristo pacificó por la sangre de Su cruz lo que está en el cielo, o sea, a Dios, y lo que está en la tierra, o sea el hombre.

¿Ha hecho usted las paces con Dios?

Usted puede hacer la paz con Dios ahora mismo. Ponga a un lado este escrito. Arrodíllese delante de Dios y audiblemente pídale con sinceridad de la manera siguiente:

«Dios, soy un miserable pecador. Estoy perdido en las tinieblas y en la desesperación. Perdona todos mis pecados. Acepto en lo íntimo de mi ser a Tu Hijo Jesucristo como mi Salvador y mi Dueño. Gracias por Su muerte en la cruz y por Su sangre derramada por mí. Límpiame y hazme una nueva criatura. Ayúdame a mantenerme siempre en Tu camino. ¡Amén!»

 

Si ha hecho usted esta decisión, escríbame dos letras. Deseo ayudarle a llevar con éxito esta decisión tan importante de su vida. Diríjase a: Josuecaleb@ audiolit.net

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