Perdió su Tesoro

229

diamantesBajo un sol esplendoroso un barco de transporte se deslizaba  suavemente por el tranquilo mar.

Cerca de la baranda un pasajero se pasaba tirando algo al aire y volviéndolo a recoger, algo que centellaba con extraordinaria brillantes al ser tocado por los rayos del sol. El hombre clavaba toda su atención en tan resplandeciente objeto cada vez que  lo tiraba. Otro pasajero que le observaba se acercó y pregunto:

– ¿Qué cosa es esa que tira Ud. Al aire y la vuelve a  agarrar con tanto descuido?

– Es un diamante. Véalo.

– ¿Vale mucho?

_ Si, valiosísimo. Fíjese en su color y tamaño. En verdad todo lo que poseo en el mundo lo tengo invertido en este diamante. Voy a hacia un nuevo país en busca de fortuna. Vendí todas mis pertenencias e invertí el dinero en este diamante para poder llevarlo fácilmente.

–          Si es tan valioso como dice, ¿no le parece muy arriesgado tirarlo así al aire sobre la barandilla?

Pregunto el compañero de viaje.

No, no es ningún riesgo. Desde hace media hora lo estoy haciendo.

Pues podrá llegar el momento que  lo tira por última vez-  dijo el otro.

El hombre sonrió y volvió a lanzarlo al aire y a recogerlo. De nuevo lo tiro –la preciosa piedra brillo deslumbrante, acariciada por los rayos del sol-  pero… esta vez cayó muy afuera. El hombre  alargó la mano todo lo que podía sobre la baranda , pero no pudo agarrarlo. Un leve salto de agua marcó momentáneamente el lugar de su caída. El dueño se quedó atontado por un momento, luego exclamo angustiado.

¡Lo perdí! ¡Lo perdí! ¡he perdido todo lo que tenía en este mundo!

Diría usted que nadie es tan tonto, que esta historia no puede ser real. Pero, si  es cierta… y es muy posible que el protagonista sea usted mismo. El mar es el tiempo, y el destino hacia el que viaja es la eternidad. El barco e que viaja es la vida y el diamante es su alma con el cual usted está jugando. Déjeme, pues, repetir  la historia de esta manera:

–          Amigo mío, ¿qué es lo que tiene usted en la mano y con que juega tan descuidadamente?

Es mi alma.

-Vale mucho?

Más que todo lo demás.

-No le parece que corre un gran riesgo de perder su alma?

–          ¡Ah,  no!-  dice usted, y sigue tirando su alma sobre el océano del tiempo. Pero llegará el  momento en que ya no pueda recuperarla. Por mucho que intenta será imposible rescatala. Su alma se habrá  sumergido en las profundidades de la desesperación y  tendrá que exclamar:

“Me perdí” “Me perdí”

Tal será el clamor un día quizás muy pronto a menos que ponga su alma en un lugar seguro, bajo el cuidado del Hijo de Dios.

“Que aprovechara el hombre su ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué  recompensa dará el hombre por su alma?” Mateo 16:26.

 Cortesía: Editorial Buenas Nuevas