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Hace varios años un médico le preguntó a una anciana cristiana: —Si yo le pidiera dinero a Dios, ¿me lo daría?

La anciana le respondió con otra pregunta: —Si a usted le presentaran al presidente de la nación, ¿se animaría a pedirle dinero inmediatamente?

—No, esperaría a conocerlo mejor—, contestó el médico.

—Bueno— concluyó la mujer—, tendrá usted que conocer a Dios mucho mejor antes de esperar que El conteste su oración.

Una vez escuché el siguiente comentario en cuanto a este incidente: “Muchas personas son presumidas y le piden cosas a Dios sin ser sus amigos sino simples conocidos.” Es muy cierto.

La oración es dos amigos conversando. La Biblia es el turno de Dios para hablar. Cuando leo las Escrituras, a menudo descubro que estoy susurrando una oración. Cuando oro, la Palabra de Dios viene a mi mente. Cuando escucho Su Palabra, mi alma se inclina en adoración.

En la Biblia Dios nos habla a nosotros. En la oración nosotros le hablamos a Dios. La lectura de la Biblia y la oración son como hilos trenzados que forman el cordón de la íntima comunión entre Dios y nosotros.

Le aconsejo leer las grandes oraciones de Moisés, Nehemías, Esdras y Daniel. En sus peticiones ellos le hablaron a Dios con las mismas palabras de Dios según se hallan en la Escritura. Este es el idioma de la oración que Dios se deleita en contestar. Cuando ore, permita que Dios traiga Escrituras a su mente. Y luego utilice esas palabras para hablarle a Dios.

Antes de pasar tiempo leyendo y estudiando la Biblia cada día, pida a Dios que su corazón sea sensible a Su Palabra. Martín Lutero dijo: “Haber orado bien es haber estudiado bien.” No podemos tener lo uno sin lo otro.

Jorge Müller conversaba con Dios como lo han hecho muy pocos hombres en la historia. A través de Müller Dios cuidó a millares de huérfanos. A pesar de las tremendas responsabilidades financieras que tenía, Müller nunca habló a otras personas sobre sus necesidades. Las presiones económicas extremas sólo lo motivaban a pasar más tiempo en íntima conversación con Dios.

Considere lo que dijo Müller acerca de sus momentos a solas con Dios: “Comienzo a meditar en el Nuevo Testamento temprano a la mañana… Invariablemente encuentro que… después de algunos minutos de meditación, mi alma es guiada a confesión, a acción de gracias, a intercesión o a peticiones. De manera que aunque no podría decir que me había puesto a orar sino a meditar, sin embargo en forma casi inmediata, la meditación se convirtió en oración.”

Cuando la Palabra de Dios hablaba al corazón de su siervo Müller, él naturalmente respondía a Dios en oración. El disfrutaba de íntimas conversaciones con su Señor.

La comunicación es la clave de toda relación. Nuestra relación con Dios sólo puede crecer cuando en oración comunicamos a Dios nuestra adoración, confesión, peticiones, intercesión y acción de gracias, y cuando escuchamos su voz a través del estudio diario de la Biblia.

¿Cuán bien conoce usted a Dios? ¿Cuán íntima es su relación con El? Müller podía dirigirse a Dios como a un gran amigo y pedirle por sus necesidades, sabiendo que de alguna manera Dios las supliría. ¿Podría usted hacer lo mismo, o acaso no es amigo de Dios sino sólo un conocido todavía?

Hágase amigo de Dios y pase tiempo departiendo con El en oración. Le aseguro que es una experiencia emocionante. ¿Por qué no lo intenta?

Por Luis Palau
















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